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Verdaderos Maestros

Verdaderos Maestros

Homenaje a los profesores que me arrancaron los slogans

Hay docentes que explican temas.
Hay otros que explican exámenes.
Y hay una categoría mucho más rara: los verdaderos maestros. Son los que no solo enseñan contenidos, sino que te modifican la estructura mental con la que mirás el mundo.

Años después entendí que los profesores que más me marcaron fueron justamente aquellos que más me incomodaron. En el momento dolía escucharlos. Hoy les agradezco haberme roto ideas simples que parecían nobles, pero eran pobres.

De la escuela de las consignas a la universidad de la complejidad

La escuela muchas veces necesita simplificar. Es lógico. A un niño se le dice que hay que cuidar el planeta, que la ciencia tiene respuestas, que ciertos actores son buenos y otros malos, que todo problema tiene culpables claros.

Eso puede servir como primera aproximación. Pero no alcanza para pensar.

La universidad, cuando funciona de verdad, hace otra cosa: complica. Y al complicar, libera.

Carlos Reboratti y la guerra contra las abstracciones

Recuerdo una frase que dejó a un auditorio entero girando la cabeza:

“Las empresas no contaminan.”

Muchos la tomaron como provocación. En realidad era una demolición metodológica.

No existe “la empresa” como sujeto único y moral. Existen firmas concretas, sectores específicos, regulaciones distintas, incentivos económicos, tecnologías diversas, escalas productivas heterogéneas.

Decir “las empresas contaminan” sin precisar cuál, cuánto, cómo y bajo qué condiciones, es reemplazar análisis por consigna.

Carlos Reboratti, geógrafo e investigador de la Universidad de Buenos Aires y CONICET, trabajó justamente ambiente, territorio y conflictos socioambientales. No era negación del problema ambiental: era exigencia de rigor.

Me enseñó algo decisivo: cuando una frase suena demasiado bien, suele pensar demasiado poco.

Carlos Ereño y la lección de escala

Desde climatología llegó otra herida fértil.

El profesor Carlos Ereño, vinculado al área de ciencias atmosféricas de la UBA, aparecía en documentos institucionales del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos.

Su idea central era brutal:

El universo no comparte nuestras prioridades económicas ni morales.

La Tierra no “usa” cobre.
No “necesita” petróleo.
No “llora” por una barrera coralina.
No “celebra” un bosque nuevo.

Nosotros hablamos de recursos, pérdidas, daños y escasez porque somos humanos. Son categorías nuestras. La naturaleza opera con procesos, no con tribunales éticos.

Eso no significa destruir nada. Significa entender correctamente desde dónde hablamos.

No cuidamos el planeta por el planeta.

Lo cuidamos porque nos conviene vivir en condiciones estables.

La ciencia no es una religión

Otra frase inolvidable fue esta:

“No digan ‘yo creo en la ciencia’.”

Porque creer ciegamente transforma la ciencia en dogma. Y la ciencia vale justamente por lo contrario: por poder equivocarse.

Karl Popper sostuvo que una teoría científica debe ser falsable: tiene que poder exponerse a evidencia que la contradiga. Si no puede ser refutada en principio, deja de pertenecer al campo científico y se acerca al dogma.

La ciencia no está para darnos identidad.
Está para poner a prueba nuestras ideas.

Por qué duele la objetividad

La objetividad suele parecer fría porque no está diseñada para acariciar egos.

Nos recuerda que:

  • no somos el centro del cosmos
  • nuestras categorías son parciales
  • nuestros slogans no reemplazan datos
  • nuestras emociones no modifican leyes físicas
  • la realidad no vota por simpatía

Eso hiere, especialmente cuando uno llega desde marcos morales simples.

Pero también madura.

El verdadero sentido de “cuidemos el planeta”

Hoy reformularía aquella consigna así:

No protegemos a la Tierra porque sea frágil ante nosotros. Protegemos las condiciones que hacen posible nuestra propia vida.

Agua limpia.
Aire respirable.
Suelos productivos.
Climas manejables.
Ciudades habitables.
Economías sostenibles.

La Tierra seguirá haciendo cosas.
La pregunta es si nosotros podremos vivir bien en ella.

Gratitud

A esos maestros les debo una transición difícil: pasar del eslogan a la pregunta, de la consigna al matiz, de la indignación automática al pensamiento crítico.

No me enseñaron a despreciar la ecología.
Me enseñaron a no convertirla en religión.

No me enseñaron a amar empresas.
Me enseñaron a no odiar abstracciones.

No me enseñaron cinismo.
Me enseñaron escala.

Conclusión

Con los años comprendí que los verdaderos maestros no son los que te dan respuestas rápidas. Son los que te obligan a soportar preguntas incómodas.

Y entre todas las lecciones que me dejaron, hay una que todavía resuena:

El planeta no necesita slogans. Nosotros sí necesitamos verdad.


Referencias

Popper, K. (1959). The logic of scientific discovery. Routledge.

Criterion of falsifiability. Encyclopaedia Britannica

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