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Ciencia, Fe y Humildad: por qué nunca veremos la obra completa de Jehová

Ciencia, Fe y Humildad: por qué nunca veremos la obra completa de Jehová

Vivimos en una época fascinante y peligrosa a la vez. Fascinante, porque la humanidad ha desarrollado herramientas capaces de observar galaxias lejanas, descifrar códigos genéticos y medir con precisión fenómenos que hace siglos parecían milagrosos. Peligrosa, porque junto con ese progreso también apareció una ilusión silenciosa: creer que aquello que puede explicarse ya ha sido plenamente comprendido, y que aquello que no entra todavía en nuestras fórmulas simplemente carece de valor.

Sin embargo, basta una reflexión sencilla para desmontar esa soberbia. El ser humano ni siquiera percibe la realidad de manera directa. Lo que llamamos “ver” no es otra cosa que luz impactando nuestros ojos, señales viajando al cerebro e interpretación mental de formas, colores y distancias. Incluso aquello que creemos observar con absoluta certeza ya ha pasado por filtros biológicos y cognitivos. No vemos la realidad desnuda; vemos una versión traducida a nuestra escala.

Esta constatación no debilita al conocimiento humano. Lo ennoblece. Porque justamente de esa limitación nació la ciencia. El telescopio fue creado porque nuestros ojos no alcanzaban. El microscopio, porque lo pequeño escapaba a nuestra vista. Las matemáticas, porque la mente necesitó lenguaje para expresar regularidades invisibles. La ciencia no surge de la omnipotencia del hombre, sino de su carencia. Es el intento disciplinado de una criatura limitada por acercarse, con rigor y paciencia, a una realidad que la supera.

Por eso es un error pensar que la ciencia compite con la fe. En verdad, cuando ambas se entienden correctamente, ocupan planos distintos y complementarios. La ciencia pregunta cómo. ¿Cómo se forman las estrellas? ¿Cómo funciona el cuerpo humano? ¿Cómo se transmite la luz? ¿Cómo evolucionan los ecosistemas? Son preguntas nobles, necesarias y fecundas. Pero hay otras preguntas que no desaparecen por el solo hecho de conocer mecanismos: ¿para qué vivir rectamente? ¿Qué actitud corresponde frente al sufrimiento? ¿Qué valor tiene la verdad? ¿Por qué la humildad engrandece y la soberbia destruye? Allí comienza otro terreno.

La Biblia expresa esta dimensión con una profundidad que sigue sorprendiendo. “Los cielos declaran la gloria de Dios” (Salmos 19:1). No dice que los cielos expliquen toda la gloria de Dios, ni que el hombre la domine, sino que la declaran. Señalan, anuncian, sugieren. También afirma: “¡Qué insondables son sus juicios!” (Romanos 11:33). La idea es clara: la realidad puede conocerse parcialmente, pero nunca agotarse.

Pensemos en algo tan cotidiano como mirar el sol. Muchos dirían: “Yo veo el sol todos los días”. Pero, estrictamente hablando, no vemos el sol en sí mismo. Vemos fotones emitidos por esa estrella tras recorrer millones de kilómetros y ser procesados por nuestros ojos y cerebro. Lo que llamamos “ver el sol” es, en realidad, percibir una señal traducida a nuestra capacidad sensorial. Nunca abrazamos la totalidad del astro; apenas recibimos una porción de su manifestación.

Algo parecido ocurre con el tacto. Creemos tocar una mesa, una pared o la mano de otra persona. Sin embargo, en el nivel microscópico, los átomos de nuestra piel y los de la superficie externa no se fusionan entre sí. Lo que experimentamos como contacto responde, en gran medida, a fuerzas electromagnéticas de repulsión entre nubes electrónicas. Sentimos resistencia, presión, textura; pero incluso allí la experiencia humana vuelve a ser una interpretación física de interacciones invisibles.

Esto no significa que el mundo sea falso o ilusorio. Significa algo más interesante: nuestra relación con la realidad siempre está mediada. Vivimos rodeados de verdades reales a las que accedemos parcialmente. Tocamos sin tocar de manera absoluta. Vemos sin ver exhaustivamente. Conocemos sin agotar lo conocido.

Ese es el punto que nuestra época necesita recordar. El problema no es la razón, sino su idolatría. No es el método, sino la arrogancia de creer que el método basta para todo. Del mismo modo, el problema no es la fe, sino cuando se convierte en rechazo infantil al aprendizaje. Tanto el antiintelectualismo como el racionalismo extremo nacen de una misma raíz: orgullo.

La verdadera humildad, en cambio, reconoce dos verdades simultáneas. Primero, que podemos aprender muchísimo. Segundo, que jamás lo sabremos todo. Podemos medir órbitas planetarias y, aun así, seguir sin comprender plenamente el misterio de la conciencia humana. Podemos secuenciar genes y seguir ignorando la totalidad de la vida. Podemos estudiar la materia y continuar siendo pequeños ante la inmensidad del universo.

Si esto es cierto respecto de la creación visible, cuánto más respecto de Jehová. Pretender abarcar completamente al Creador con categorías humanas sería como intentar guardar el océano en un vaso. No significa renunciar al conocimiento, sino situarlo en su justa escala.

Por eso investigar puede ser una forma de reverencia. Estudiar la naturaleza, comprender sus leyes y admirar su coherencia no aleja necesariamente de Dios; muchas veces acerca. Del mismo modo, creer no debería significar cerrar los ojos, sino abrirlos a la conciencia de que incluso nuestra mejor visión sigue siendo parcial.

En definitiva, la ciencia nos permite medir fragmentos de la obra. La fe nos enseña a contemplar su grandeza. Y la humildad une ambas tareas. No estudiamos para reemplazar a Jehová, sino porque vivimos dentro de una realidad que merece ser comprendida. No creemos para escapar de la razón, sino para recordar que la razón también tiene fronteras.

Quizás la verdadera sabiduría comience allí: cuando el hombre aprende mucho, pero deja de creerse el centro de todo.

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