La fe en el otro: la última fuente de energía
Por el Prof. Bruno Cogo
Hay una imagen que deslumbra y perturba a la vez: una inmensa estructura orbitando alrededor del Sol, una red de millones de satélites recolectando su luz, envolviendo a la estrella en un abrazo de ingeniería cósmica. La llaman Esfera de Dyson. Su sola mención despierta el vértigo de lo absoluto: ¿y si la humanidad, finalmente, pudiera contener al Sol?
Pero tal vez la pregunta no sea si podemos construirla, sino si merecemos hacerlo.
Porque la Esfera de Dyson, más que un proyecto tecnológico, es un espejo moral. Refleja la medida de nuestra confianza, no de nuestra capacidad. Técnicamente, acaso podríamos hacerlo: los cálculos existen, los materiales se sueñan, las órbitas se trazan. Pero ¿podríamos convivir bajo un sol domesticado sin convertirlo en arma, sin usar su poder como nuevo instrumento de dominio?
Quizás lo que el ingeniero imagina como infraestructura, el político vería como amenaza y el militar como oportunidad. Tal vez esa sea la verdadera ecuación energética: no la de los fotones, sino la del miedo.
I. El Sol cercado
¿Qué representa una Esfera de Dyson sino el deseo de seguridad absoluta?
Rodear al Sol: capturarlo, domesticarlo, convertir su poder en orden.
Es la culminación del sueño prometeico: ya no robar el fuego a los dioses, sino encerrarlo bajo contrato humano.
Y, sin embargo, algo en esa imagen inquieta.
¿Puede una civilización que no ha logrado distribuir equitativamente la energía de un planeta administrar la energía de una estrella?
¿Podemos hablar de sustentabilidad cósmica cuando ni siquiera hemos resuelto la justicia terrenal?
Tal vez cada panel de esa esfera imaginaria sea una declaración de fe en la técnica… y una confesión de nuestra desconfianza mutua.
Porque si de verdad creyéramos en el otro, ¿para qué necesitaríamos rodear al Sol? ¿Por qué construir una jaula luminosa si no fuera por miedo a la oscuridad ajena?
II. La energía del miedo
Toda civilización se define por la fuente de energía que domina.
La nuestra se alimenta de la combustión, y en su metáfora se reconoce: arde, contamina, se agota.
La Esfera de Dyson promete otra cosa: abundancia, continuidad, pureza. Pero la pregunta persiste: ¿qué haría el ser humano con un poder sin límite?
¿De verdad usaríamos esa energía para liberar, o simplemente para reemplazar un sistema de control por otro más sofisticado?
Quizás la tecnología de la Esfera solo amplificaría nuestras asimetrías morales: los que hoy poseen el petróleo poseerían el Sol.
Y el resto del mundo seguiría orbitando alrededor de sus decisiones.
La energía infinita no garantiza la justicia; solo la hace más visible.
El Sol, en manos de pocos, no sería luz: sería sombra.
III. La moral orbital
Se dice que el espacio es neutral, pero nada que toque el ser humano permanece neutral.
El derecho internacional proclama que ningún Estado puede apropiarse del cosmos, y, sin embargo, cada satélite, cada órbita, cada frecuencia es una frontera en disputa.
Imaginemos ahora una Esfera de Dyson: ¿de quién sería?
¿De todos? ¿De nadie? ¿De quien la financie?
Si una empresa privada lograra construirla, ¿le pertenecería la luz?
Si lo hiciera un Estado, ¿podría otro aceptar que un sol artificial orbitara sobre su cabeza?
Quizás, más que una obra de ingeniería, la Esfera sea una pregunta teológica disfrazada de tecnología:
¿podemos compartir el poder sin convertirlo en dominio?
¿podemos encender un sol sin quemar a nadie?
IV. La economía del infinito
La economía moderna se basa en la escasez.
Toda ley de mercado se derrumbaría ante una fuente inagotable de energía.
¿Qué pasaría si el costo marginal de producir un kilovatio fuera cero?
¿Sobreviviría el capitalismo sin la escasez que lo justifica?
¿Y qué política podría gobernar la abundancia?
Tal vez la Esfera de Dyson no sea un sueño ingenieril sino una amenaza económica.
Un punto donde la técnica supera la lógica del beneficio, y por eso debe ser demorada.
Porque en un mundo de energía infinita, el valor dejaría de tener dueño, y con él se desmoronaría el sistema que organiza nuestras jerarquías.
¿Y si, al final, lo que tememos no es la falla de la tecnología, sino su éxito total?
¿Y si el progreso fuera insoportable porque destruye la utilidad del poder?
V. La anarquía solar
Quizás la única forma de que la Esfera de Dyson sea posible —moral y políticamente— sea también la única forma que jamás nos hemos atrevido a intentar: una humanidad sin amos.
Una civilización donde la energía no sea propiedad sino comunión; donde la ley no sea castigo sino acuerdo; donde la política no sea control sino confianza.
Una anarquía luminosa, no de caos, sino de autogobierno moral.
Una sociedad tan madura que la luz no se administre desde arriba, sino desde dentro.
Tal vez la Esfera no se construya con metales, sino con virtudes.
No con paneles, sino con pactos.
Y cada acto de confianza, cada decisión libre de miedo, sea una pieza invisible de esa gran estructura cósmica que todavía no sabemos imaginar.
VI. Epílogo: el Sol y el espejo
Decía alguien que el Sol no ilumina a los justos más que a los injustos.
Quizás la Esfera de Dyson nunca se construya porque, al hacerlo, tendríamos que decidir quién merece su luz.
Y tal vez ahí resida su enseñanza más profunda: no en la posibilidad de capturar al Sol, sino en la necesidad de comprender que no todo lo que podemos encerrar merece ser poseído.
La tecnología puede acercarnos al poder de una estrella, pero solo la moral puede evitar que nos convirtamos en su sombra.
La Esfera, en el fondo, ya existe: está dentro de nosotros, hecha de preguntas que giran alrededor de un centro invisible llamado confianza.
Y quizás —solo quizás— cuando aprendamos a confiar tanto como a calcular, cuando la fe en el otro se vuelva tan constante como la luz del Sol, entonces sí, recién entonces, el futuro dejará de orbitar alrededor del miedo.
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