Por el Prof. Bruno Cogo
La humanidad no fracasa por falta de capacidad, sino por exceso de sospecha. Hemos aprendido a dominar la materia, pero no la desconfianza. Poseemos el conocimiento para encender soles, pero seguimos temiendo que otro se caliente primero. La Esfera de Dyson —esa idea casi mítica de rodear al Sol con una constelación de satélites que capturen toda su energía— podría ser el mayor logro de nuestra especie o su metáfora más dolorosa. No porque no sepamos cómo hacerla, sino porque nadie estaría dispuesto a permitir que otro lo hiciera antes.
La tecnología está ahí, latente, casi dispuesta a obedecernos. Lo que no está listo es el espíritu humano. Porque el verdadero conflicto no es entre ciencia y naturaleza, sino entre ambición y miedo. Si una corporación, un consorcio o un país decidiera construir una Esfera de Dyson, el resto del mundo no lo celebraría como un avance colectivo, sino que lo interpretaría como una amenaza. El progreso se mediría no por la energía obtenida, sino por el poder concentrado. Y entonces, la pregunta moral se disolvería en otra más cruda: ¿quién dominaría el Sol?
Resulta paradójico: el sistema capitalista, tan vilipendiado, es también el único que parece capaz de generar la escala de inversión y riesgo que una obra así requeriría. Pero el mismo sistema que incentiva la innovación, la frena cuando percibe que esa innovación podría alterar el equilibrio de poder. Las grandes corporaciones invierten miles de millones en tecnologías que prometen abundancia, pero los Estados, los organismos internacionales y las potencias rivales observan con recelo: si la energía es infinita, ¿cómo se reparte la ganancia? Si la escasez desaparece, ¿qué valor queda por controlar?
La humanidad parece necesitar el conflicto para sostener su orden. Una energía infinita rompería la lógica misma de la dependencia, y eso es lo que más teme el poder. No se trata de proteger a los pueblos, sino de preservar las jerarquías. Por eso el progreso se vuelve selectivo: avanzamos justo lo suficiente para mantener la ilusión del cambio, pero nunca tanto como para alterar la estructura que lo regula. La innovación radical se tolera mientras no sea demasiado emancipadora.
En ese sentido, no habría nada moralmente incorrecto en que una corporación construyera la Esfera de Dyson. Sería el resultado natural del mérito, la inversión y la voluntad. Lo irónico es que precisamente por eso el resto del mundo la destruiría. No porque fuera injusta, sino porque demostraría lo que los demás no se atrevieron a hacer. La envidia —ese mecanismo tan humano y tan político— sigue siendo el verdadero freno del porvenir.
La historia no se detiene por falta de ideas, sino por exceso de miedo a que alguien las concrete primero. Y en esa competencia por el control del futuro, la humanidad entera retrocede. Las guerras, los bloqueos, las sanciones, los sabotajes tecnológicos: todos son gestos de una civilización que no soporta ver prosperar al otro. Si yo no puedo tener el Sol, que nadie lo tenga.
Así, el sueño de la Esfera de Dyson se transforma en la imagen de una humanidad atrapada en su propio laberinto moral. La posibilidad de crear energía infinita se vuelve una amenaza existencial, no por lo que haría con el universo, sino por lo que revelaría de nosotros: que incluso con el poder de una estrella entre las manos, seguiríamos temiendo al brillo del otro.
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