La Esfera de Dyson:
Viabilidad Tecnológica frente a Temores Geopolíticos y Éticos (Bruno Cogo)
Introducción
La Esfera de Dyson es
una de las ideas más audaces de la ingeniería interestelar. Propuesta
originalmente por Freeman Dyson en 1960, describe una megaestructura hipotética
que rodearía a una estrella para capturar la mayor parte de su energía
irradiada[1]. En la actualidad, esta noción
ha dejado de ser mera ciencia ficción para inspirar discusiones científicas
reales sobre enjambres solares u órbitas de satélites solares que emulen
parcialmente una esfera de Dyson[2]. Paradójicamente, pese a que existen
los recursos materiales y conocimientos científicos para empezar a
desarrollar versiones parciales de este concepto, su avance se ve obstaculizado
no tanto por límites técnicos o económicos inmediatos, sino por factores
geopolíticos, asimetrías de poder y dilemas ético-morales. En otras
palabras, el miedo a que una nación o corporación se apropie primero de semejante
tecnología genera bloqueos, tensiones internacionales e incluso potenciales
sabotajes, frenando su realización práctica.
El presente ensayo analiza la esfera de Dyson como un caso emblemático
de tecnología potencialmente viable que enfrenta resistencias
extratecnológicas. En primer lugar, se explora la viabilidad técnica actual de
construir enjambres solares orbitales, apoyándose en informes de NASA, ESA y
literatura científica sobre energía solar espacial. En segundo lugar, se
examina el miedo geopolítico y las asimetrías de poder asociadas: cómo
la perspectiva de una fuente de energía prácticamente ilimitada altera
equilibrios estratégicos y suscita dinámicas de carrera tecnológica comparable
a una nueva carrera espacial o armamentística. Para ello, se incorporan las
reflexiones de autores como Yuval Noah Harari y Nick Bostrom sobre competencia
global y riesgos existenciales. En tercer lugar, se abordan las barreras
éticas y morales, utilizando las perspectivas filosóficas de Hans Jonas
(principio de responsabilidad) y Ulrich Beck (sociedad del riesgo) para
entender la precaución ante tecnologías de consecuencias impredecibles.
Finalmente, se discuten propuestas de gobernanza tecnológica que podrían
permitir aprovechar responsablemente algo como una esfera de Dyson, mitigando
el miedo y garantizando un desarrollo colaborativo. Todos los argumentos se
presentan con estilo académico bajo normas APA 7ª edición, con citas
parentéticas en el texto y referencias bibliográficas completas al final.
Viabilidad
tecnológica de la esfera de Dyson en versión parcial
La
esfera de Dyson completa – una concha esférica sólida rodeando al Sol –
permanece en el terreno de la hipótesis debido a desafíos de ingeniería
inimaginables. Sin embargo, versiones parciales como los enjambres de
satélites solares (Dyson swarms) se consideran técnicamente factibles a
mediano plazo[2].
Un enjambre solar consistiría en miles o millones de paneles o estaciones
solares orbitando al Sol para recolectar energía continuamente y transmitirla a
la Tierra. Estudios recientes demuestran que, en principio, podría construirse
una estructura orbital que capture una fracción significativa de la energía
solar sin destruir el equilibrio climático de la Tierra. Por ejemplo, Peters
(2023) explora un diseño de enjambre fotovoltaico a 2.13 UA del Sol
capaz de recolectar ~4% de la energía solar (unos 15,6 yottavatios)
aumentando la temperatura global terrestre en menos de 3 K, un impacto
comparable al del calentamiento global actual[3].
Este sistema parcial –aunque monumental– evitaría el escenario catastrófico de
una esfera completa que elevaría la temperatura terrestre en ~140 K y la
volvería inhóspita[4][3].
Desde el punto de vista material, dicho enjambre requeriría onerosas cantidades
de recursos (del orden de 1×10^23 kg de silicio para los paneles[5],
equivalente a desmantelar un planeta pequeño), pero los recursos existen en
el Sistema Solar (por ejemplo, en Mercurio o en asteroides) y la física
necesaria está comprendida. En suma, no hay leyes naturales que impidan
una “mini-esfera” de Dyson; el desafío es principalmente de escala de
ingeniería y de organización.
De hecho, los componentes básicos de esta visión –la energía solar
espacial y la transmisión inalámbrica de potencia– llevan décadas
investigándose. Desde la década de 1970, NASA, ESA y otras agencias han
estudiado satélites de energía solar orbitando la Tierra (Space-Based Solar
Power, SBSP) como fuente inagotable de energía limpia[6].
Hasta hace poco, los altos costos de lanzamiento y la inmadurez tecnológica
frenaron su viabilidad económica[6].
No obstante, en años recientes se observa un renovado interés: según un informe
de la NASA (Office of Technology, Policy, and Strategy), el número de
publicaciones científicas sobre SBSP casi se duplicó entre 2018 y 2022,
concentrándose especialmente en China, Estados Unidos, la Unión Europea, Japón
y Rusia[7].
Varias potencias han lanzado hojas de ruta hacia demostraciones
tecnológicas. Por ejemplo, China construyó en 2019 una base de pruebas
para energía solar espacial en Chongqing y anunció planes para orbitar pequeñas
estaciones solares de prueba entre 2021 y 2025[8].
El vicepresidente de la Academia China de Tecnología Espacial, Li Ming, incluso
afirmó que China espera ser la primera nación en lograr una planta solar
espacial de valor práctico[8]. Japón
también progresa: la agencia JAXA planea para 2025 un experimento de
transmisión de energía solar desde el espacio a tierra[9].
En Estados Unidos, después de décadas de estudios conceptuales, organismos como
el Departamento de Defensa han retomado el interés por la energía solar
orbital; un reporte del National Security Space Office ya en 2007 concluía que
el SBSP representa una oportunidad estratégica para reforzar la
seguridad energética y militar de EE.UU., siendo “más técnicamente factible que
nunca” gracias a los avances en vectores de lanzamiento y automatización[10].
Asimismo, la NASA en 2023-2024 evaluó escenarios de SBSP y consideró opciones
de demostraciones tecnológicas en asociación con otras agencias y sector
privado[11][12]. Europa,
por su parte, lanzó en 2022 la iniciativa SOLARIS de ESA para estudiar la
viabilidad de plantas solares en órbita en apoyo a los objetivos de energía
limpia del continente. Todo lo anterior sugiere que contamos con el conocimiento
científico y la base tecnológica para iniciar proyectos piloto de enjambres
solares orbitales. Los obstáculos principales parecen ser el esfuerzo
coordinado masivo requerido y, como veremos, la falta de consenso
político global para acometer un proyecto de semejante envergadura.
Temor geopolítico y
asimetrías de poder
Si
una esfera de Dyson parcial promete energía prácticamente ilimitada,
también conlleva un inmenso poder estratégico. La posibilidad de que un solo
actor –sea un país o incluso una corporación multinacional– logre monopolizar
la recolección de energía estelar genera comprensibles temores geopolíticos.
En el escenario actual de relaciones internacionales, la carrera por la
primacía tecnológica es feroz, y la energía orbital se perfila como el nuevo
espacio de competición. Donnellon-May (2022) observa que varios países están
en la carrera por desarrollar SBSP, pero China y Estados Unidos
despuntan como líderes en esta competencia[13]. El
liderazgo chino en este ámbito no es meramente técnico sino geoestratégico: de
concretarse primero, China podría consolidarse como la potencia espacial
dominante y entrelazar la energía solar orbital con su Iniciativa de la
Franja y la Ruta (Belt and Road), ofreciendo electricidad desde el espacio a
otras naciones a cambio de influencia[14]. En
efecto, la perspectiva de Pekín proporcionando energía limpia satelital a
países socios implicaría una asimetría de poder enorme, reconfigurando
alianzas económicas y energéticas en favor de quien controle la red orbital. Para
Washington y sus aliados, este escenario resulta inaceptable, alimentando
suspicacias y la presión por no quedarse atrás. Del mismo modo, si fuera EE.UU.
quien liderase un proyecto así, otras potencias podrían percibirlo como una
amenaza a la seguridad energética global y a su soberanía.
La historia brinda paralelos claros: la carrera nuclear en el
siglo XX mostró cómo la primera superpotencia en desarrollar armas atómicas
adquirió una ventaja hegemónica, provocando una inmediata respuesta de otras
naciones por equilibrar la balanza (la URSS, China, etc.). En el caso de la
energía orbital, aunque su fin declarado sea pacífico (generar electricidad),
su potencial uso dual no pasa inadvertido. Un sistema capaz de transmitir
gigavatios de potencia inalámbrica a la Tierra podría, en teoría,
convertirse en un arma si la energía se focalizara intencionalmente como haz
destructor[15].
Incluso si esa militarización directa se evita, el simple hecho de poseer
una fuente de energía ilimitada brindaría independencia de recursos nunca
vista, otorgando a esa nación o corporación una capacidad industrial-militar
imbatible. De allí que altos mandos militares ya hablen de la energía solar
espacial en términos estratégicos: el Departamento de Defensa de EE.UU. destacó
que esta tecnología podría aumentar significativamente la seguridad y la
“libertad de acción” de quien la posea[10].
Ese lenguaje –freedom of action– denota superioridad geopolítica.
Consecuentemente, otros actores se sentirían obligados a impedir o
contrarrestar tal concentración de poder.
Yuval Noah Harari advierte que la humanidad enfrenta retos (como cambio
climático o nuevas tecnologías disruptivas) que solo podrían resolverse con
cooperación global, pero en la práctica “nuestros líderes, en lugar de
colaborar en busca de soluciones, cada vez se acercan más a la guerra global”[16].
Esta observación aplica al dilema de la esfera de Dyson: pese a que proveería
energía abundante beneficiosa para todo el planeta, las potencias parecen más
inclinadas a competir que a unir esfuerzos. El resultado probable es un empantanamiento
tecnológico motivado por desconfianza. Cada país teme que otro avance
primero y obtenga ventaja, pero al mismo tiempo teme que cualquier intento
propio desencadene reacciones hostiles. Se configura así un “juego de sombra”
geopolítico: nadie se atreve a encabezar abiertamente el proyecto Dyson, y
cualquier progreso se mantiene semi-secreto o en ámbito puramente nacional para
no alertar a rivales. En el peor de los casos, esta dinámica puede derivar en bloqueos
deliberados o sabotaje. Es concebible que programas de energía solar
orbital sufran ciberataques, espionaje o sabotaje físico orquestado por
potencias rivales, del mismo modo que en el pasado se ha saboteado el
desarrollo nuclear de ciertos países mediante virus informáticos o operaciones
encubiertas. Ulrich Beck señalaría aquí que los riesgos globales modernos,
lejos de democratizarse, suelen agravar las desigualdades y tensiones
entre naciones[17]. La
“primera ley de la sociedad del riesgo”, dice Beck, es que los riesgos
se distribuyen desigualmente y generan nuevos conflictos sociales[17]. El
temor a quedar en desventaja frente a un riesgo (o una oportunidad tecnológica)
se convierte en sí mismo en un factor de conflicto.
Desde la perspectiva de Nick Bostrom, este panorama encaja en lo que él
denomina escenarios de “ventaja estratégica decisiva”: cuando una
entidad logra un salto tecnológico tan grande que puede dominar a todas las
demás (Bostrom, 2014). Bostrom advierte que si la dinámica competitiva
persiste, eventualmente emergerá alguna tecnología de tal poder (una “bola
negra” del progreso científico) que podría poner en jaque a la civilización
entera[18][19].
Para evitar la catástrofe asociada a esa eventualidad, harían falta medidas
de cooperación sin precedentes o incluso gobernanza mundial preventiva[19].
Aplicado a nuestro caso: una esfera de Dyson no es necesariamente una “bola
negra” destructiva per se, pero la carrera por alcanzarla sí podría
desencadenar conflictos catastróficos. Bostrom y otros filósofos del riesgo
sugieren que la única forma segura de gestionar tecnologías tan transformadoras
sería mediante acuerdos globales vinculantes o una autoridad supranacional,
evitando así el dilema de seguridad que empuja a la confrontación[19]. En
ausencia de tales arreglos, prevalece la lógica de la desconfianza:
ningún actor quiere ser vulnerable a otro con poder cuasi-ilimitado, de modo
que preferirá retrasar o impedir que cualquiera lo obtenga antes que colaborar
abiertamente en el desarrollo. Este es el núcleo del miedo geopolítico
que ata de manos a la esfera de Dyson hoy en día.
Cabe notar que no solo los Estados nación entran en juego, sino también
las mega-corporaciones tecnológicas. Empresas privadas como SpaceX, Blue
Origin o conglomerados aeroespaciales podrían, en un futuro, liderar proyectos
de energía solar orbital con fines comerciales. Si una corporación obtuviera
control sobre una porción significativa de la energía solar (por ejemplo,
gestionando una constelación entera de satélites de energía), su poder
económico y político podría eclipsar al de muchos países. Esto genera otra capa
de temor: asimetrías de poder privado. Harari (2018) ha subrayado cómo
en el siglo XXI grandes corporaciones tecnológicas manejan datos y recursos con
implicaciones geopolíticas, a veces rivalizando con los Estados en influencia.
Una corporación que monopolice energía orbital sería vista con recelo tanto por
gobiernos (que temerían perder soberanía energética) como por la sociedad civil
(que vería concentrado en pocas manos un bien común como la luz solar). Esta situación
evocaría la necesidad de regulación global para evitar monopolios
cósmicos, lo que de nuevo nos lleva a que la falta de marcos de gobernanza
adecuados añade incertidumbre y frenazo al progreso.
En síntesis, la esfera de Dyson enfrenta un callejón geopolítico:
su promesa técnica está al alcance, pero ningún actor se arriesga a perseguirla
abiertamente por miedo a las consecuencias estratégicas. El mundo carece hoy de
la confianza mutua y las instituciones compartidas necesarias para emprender
una empresa de tal magnitud en beneficio colectivo. Como señala Harari, la
humanidad ha acumulado poder y conocimiento increíbles, pero ese poder “no
es sabiduría” y nuestras estructuras de cooperación global no han avanzado
al mismo ritmo[20][16].
Sin sabiduría cooperativa, el poder de una esfera de Dyson se percibe más como
amenaza que como bendición.
Barreras éticas y
morales ante una megaestructura solar
Además
de las consideraciones estratégicas, la idea de construir un enjambre solar
gigante alrededor del Sol plantea profundos dilemas éticos y morales. El
primero y más inmediato es la responsabilidad ambiental y con las futuras
generaciones. Hans Jonas, en El principio de responsabilidad (1979),
argumentó que la ética tradicional debe expandirse para considerar los efectos
a largo plazo de la acción tecnológica sobre la biosfera y la humanidad futura.
Jonas propuso la “heurística del temor”: ante incertidumbres enormes,
debemos inclinarnos por la opción más prudente, imaginando los peores
escenarios para así evitarlos (Jonas, 1995). En el contexto de la esfera de
Dyson, esta heurística nos insta a preguntarnos: ¿y si una intervención a
escala estelar resultara catastrófica e irreversible? Los cálculos sobre
impactos climáticos mencionados anteriormente ilustran este punto. Un proyecto
mal dimensionado podría alterar drásticamente el flujo de energía solar a la
Tierra –ya sea exceso de calor atrapado o déficit de luz
recibida– llevando el clima fuera del rango compatible con la vida[4][3].
Jonas enfatizaría que cuando el alcance del poder humano abarca a todo el
planeta (o más allá), nuestras decisiones deben guiarse por el temor
ilustrado de no causar un mal irreparable (Jonas, 1995, p. 36). Esto se
alinea con el principio de precaución: si no estamos seguros de controlar
plenamente las consecuencias de una megaestructura solar, quizá moralmente
no debamos proceder hasta tener garantías sólidas de no perjuicio.
Relacionado con ello, emergen cuestiones sobre la vulnerabilidad del
entorno espacial. El espacio exterior ha sido declarado provincia de
toda la humanidad y su uso está regido por tratados internacionales como el
Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967. Este tratado establece la
obligación de utilizar el espacio con fines pacíficos, evitar la contaminación
perjudicial y no apropiarse de cuerpos celestes[21][22].
Una red de miles de satélites captadores de energía alrededor del Sol o en
órbita terrestre presenta retos para esos principios. Por un lado, podría
producir basura espacial considerable y riesgos de colisiones en cadena
(síndrome de Kessler) si no se gestiona adecuadamente[23].
Por otro lado, aunque la luz solar no es un “recurso” poseíble, ocupar órbitas
y posiciones ventajosas en torno al Sol podría ser visto como una forma
de apropiación encubierta. Éticamente surge la pregunta: ¿Quién tiene derecho
a “cercar” el Sol? La moral cosmopolita sugiere que ningún pueblo o empresa
debiera excluir a otros de un bien común global. Si una nación intentara
acaparar los puntos orbitales óptimos para recolección solar, violaría el
espíritu de equidad del derecho espacial y de la justicia distributiva. Ulrich
Beck aportaría aquí que la gestión de riesgos globales exige transparencia,
debate democrático y justicia, pues de lo contrario se generan “autoritarismos
tecno-científicos” donde unos pocos deciden el destino de todos (Beck,
1998). Un proyecto secreto o unilateral de esfera de Dyson sería moralmente
cuestionable no solo por sus posibles daños, sino por la falta de
consentimiento global. Esto conecta con la noción de gobernanza
democrática de la tecnología: decisiones que afectan a la humanidad entera
(y alterar el régimen energético del sistema solar ciertamente lo haría)
deberían contar con legitimidad y participación amplia.
Otra barrera ética radica en los costos de oportunidad y prioridades
como civilización. Construir incluso una fracción de esfera de Dyson
requeriría cantidades colosales de materiales y energía invertida,
potencialmente desviando recursos de necesidades terrestres urgentes. Es válido
moralmente preguntarse si embarcarnos en esta empresa es correcto mientras
persisten problemas acuciantes como la pobreza extrema en regiones del planeta
o la crisis climática. Los proponentes argumentarán que la energía ilimitada
resolvería a largo plazo muchos de esos problemas (energía barata para desalinizadoras,
industrias, etc.), pero los detractores invocarán un principio de justicia
intergeneracional: no sacrificar el presente por un futuro hipotético, o al
menos no sin un amplio consenso. Aquí de nuevo Jonas (1995) sugeriría
prudencia: la ética de la responsabilidad nos pide pensar en las consecuencias
para la calidad humana de la vida, no solo en hitos de poderío técnico.
Un aspecto moral final a considerar es el síndrome de “jugar a ser
dioses”. Capturar la energía de una estrella entera roza temas casi
metafísicos sobre el rol de la humanidad en el universo. Algunas corrientes
filosóficas o religiosas podrían ver este acto como una hybris, una arrogancia
peligrosa de la tecnociencia que no respeta límites naturales. Hans Jonas,
desde una postura secular pero prudentista, sostenía que la técnica moderna ha
desbordado tanto su capacidad que ha creado una “segunda naturaleza” artificial
de consecuencias imprevisibles[24].
Si ya con la energía nuclear o la ingeniería genética hemos enfrentado dilemas
morales profundos, cuánto más con la manipulación del entorno solar completo.
Surge la noción de una ética de la auto-restricción: tal vez haya logros
que, aunque posibles, la humanidad deba abstenerse de perseguir hasta estar
ética y socialmente preparada. Este argumento moral es controvertido, pues la
línea entre precaución y inmovilismo puede ser tenue. Sin embargo, filósofos como
Jonas o el propio Hans Jonas (1979) plantean que preferir la continuidad
segura de la existencia sobre los avances irreversibles es un imperativo
categórico nuevo: “Obra de modo que las consecuencias de tu acción no
destruyan la posibilidad futura de la vida humana en la Tierra” (Jonas,
1995, p. 36). En la esfera de Dyson, esa máxima se traduce en: no arriesgar la
habitabilidad planetaria o la paz mundial por ambición tecnológica desmedida.
En resumen, las barreras éticas invitan a la pausa reflexiva.
No se trata solo de si podemos tecnológicamente construir un enjambre solar,
sino de si debemos hacerlo, en qué condiciones y bajo qué valores
rectores. La moral contemporánea, a medida que nuestro poder crece, nos exige
integrar la preocupación por el futuro lejano, el planeta en su conjunto y la
humanidad como unidad de destino. Es evidente que un proyecto de la envergadura
de la esfera de Dyson demanda un consenso moral global que hoy no existe
plenamente.
Hacia una
gobernanza tecnológica global para la energía orbital
Dados
los desafíos descritos, es legítimo preguntar: ¿qué vía existe para desbloquear
el potencial benéfico de una esfera de Dyson (o sus equivalentes parciales) sin
sucumbir a los miedos y riesgos asociados? La respuesta apunta hacia la gobernanza
tecnológica global. En este sentido, múltiples pensadores y organismos
internacionales coinciden en que solo mediante marcos cooperativos,
transparencia y regulación compartida podría avanzarse en proyectos tan
sensibles.
En primer lugar, habría que fortalecer y actualizar el régimen
jurídico internacional del espacio. El Tratado del Espacio Ultraterrestre
(1967) y otros acuerdos (Acuerdo de la Luna de 1979, etc.) proporcionan
principios valiosos –uso pacífico, beneficio para toda la humanidad, no apropiación
nacional, responsabilidad por daños, etc.–[21][22].
No obstante, fueron redactados en una era donde una esfera de Dyson pertenecía
a la ciencia ficción. Sería prudente desarrollar protocolos o enmiendas
específicas para el uso masivo de energía solar orbital. Por ejemplo, se
podría acordar cuotas o derechos de utilización orbital equitativos para
evitar que un solo actor ocupe todas las órbitas óptimas. También mecanismos de
transparencia y monitorización de cualquier proyecto a gran escala en el
espacio, quizá bajo la supervisión de Naciones Unidas o un consorcio
internacional independiente. Un paralelo podría ser los acuerdos sobre
geoingeniería climática: ante la posibilidad de que un país intente modificar
el clima global unilateralmente, se ha sugerido un régimen de aprobación
internacional. Similarmente, una iniciativa Dyson debería someterse a
escrutinio mundial antes de su despliegue.
En segundo lugar, se puede promover la cooperación internacional en
investigación y desarrollo de la energía solar espacial, para diluir así la
atmósfera de carrera de suma cero. La ESA y la NASA ya han dado pasos en esa
dirección. El informe de NASA OTPS recomienda que la agencia colabore con los
esfuerzos de aliados como Europa, Japón, Australia y Corea del Sur, e incluso
que apoye el interés de la ESA en SBSP para objetivos de energía neta cero[25].
Esto sugiere un modelo de consorcio multinacional donde varias potencias desarrollen
conjuntamente la tecnología, compartiendo costos y beneficios. Un proyecto
global en la línea de la Estación Espacial Internacional (ISS), pero enfocado
en un prototipo de planta solar orbital, podría servir como laboratorio de
gobernanza compartida. Si las principales economías participaran, habría
menos incentivos para la sospecha mutua. Asimismo, incluir a potencias
emergentes y países en desarrollo en alguna medida garantizaría que los frutos
de la nueva energía se repartan ampliamente, reduciendo las asimetrías. Harari
ha propuesto en distintos foros que las grandes amenazas y oportunidades
tecnológicas del siglo XXI (IA, biotecnología, etc.) requieren instituciones
globales efectivas, porque ningún país por sí solo puede gestionarlas
(Harari, 2018). En línea con esto, cabría imaginar una Agencia Internacional
de Energía Espacial, bajo auspicio de la ONU, análoga a la AIEA (Agencia
Atómica) pero orientada a promover y regular proyectos como el de la esfera de
Dyson de modo pacífico.
Otro elemento central de gobernanza sería incorporar los principios de seguridad
compartida y no militarización. Sería vital alcanzar acuerdos
verificables de que los sistemas de energía orbital no serán usados como
arma. Esto implicaría transparencia en los parámetros técnicos (e.g.,
densidad máxima de potencia de los haces transmitidos, para que no puedan ser
letales)[26],
inspecciones internacionales y quizás incluso la presencia conjunta de operadores
de varios países en las instalaciones receptoras. Aunque el tratado espacial
prohíbe armas de destrucción masiva en el espacio[27],
una laguna es qué ocurre con otras aplicaciones. Dejar claro desde el diseño
que una red Dyson es infraestructura civil global ayudaría a legitimar
su desarrollo. Aquí las grandes potencias tendrían que comprometerse
explícitamente a no buscar ventajas militares de la misma, quizá complementado
con medidas de confianza (compartir datos en tiempo real de la orientación de
los satélites, etc.).
Desde la perspectiva filosófica, la gobernanza también debe incorporar
la ética de la responsabilidad de Jonas y la conciencia de riesgo de
Beck. Jonas abogaría por una autoridad global capaz de frenar o reorientar el
impulso técnico si este amenazase la supervivencia (Jonas, 1995). Esto no
implica frenar todo progreso, sino construir una sabiduría colectiva que
guíe la técnica al servicio de fines verdaderamente humanos. Beck, por su
parte, enfatizaría el involucramiento público: la sociedad civil mundial
debería tener voz en decisiones tecnocientíficas críticas, para evitar que
queden en manos de una élite científico-política sin control democrático (Beck,
1998). En la práctica, podría organizarse un panel internacional de expertos
independientes, ONG ambientales, representantes ciudadanos y líderes religiosos/filosóficos
para deliberar sobre los aspectos éticos de la esfera de Dyson. Este esfuerzo
de deliberación global contribuiría a legitimar (o eventualmente
reprobar) el proyecto desde valores ampliamente compartidos.
Finalmente, no debe subestimarse el papel de la confianza y la
creación de una narrativa común. Yuval Harari destaca que los seres humanos
cooperamos a gran escala gracias a mitos compartidos o visiones comunes
(Harari, 2014). Quizá haga falta articular una visión positiva de la esfera de
Dyson como empresa de toda la humanidad, similar a cómo se concibió el
Proyecto Apollo en su momento como un logro de “nosotros” (aunque fue
nacionalista en la práctica, luego se reframed como un salto para la humanidad
entera). Divulgar ampliamente los beneficios potenciales (energía limpia ilimitada
que podría erradicar la pobreza energética y frenar el cambio climático) y al
mismo tiempo reconocer los riesgos y cómo se manejarán, podría generar mayor
aceptación pública. Nick Bostrom menciona el concepto del “singleton”,
una eventual forma de orden global unificado que podría tomar decisiones
óptimas evitando dilemas destructivos de múltiples partes (Bostrom, 2014). Sin
aventurar tanto, es claro que cuanto más podamos pensar como una sola
civilización planetaria, más factible será acometer proyectos como la
esfera de Dyson sin desencadenar miedo geopolítico.
En conclusión de esta sección, la gobernanza tecnológica global no es
una utopía ingenua sino una necesidad práctica ante tecnologías de
escala planetaria. La esfera de Dyson sirve de caso de estudio que expone las
debilidades de nuestro sistema internacional para gestionar la ciencia de
frontera: mientras permanezcamos en un entorno de anarquía y competencia,
invenciones con el potencial de beneficiar a todos quedarán atrapadas en
suspenso. Superar ese impasse requiere innovación no solo técnica, sino política
y moral. Reglas claras, cooperación sincera y una ética global compartida
podrían liberar el nudo gordiano que hoy ata a la esfera de Dyson.
Conclusión
La esfera de Dyson, entendida
ampliamente como la captación orbital masiva de energía solar, se erige como un
espejo de nuestras contradicciones contemporáneas. Por un lado, simboliza el
cenit de la capacidad tecnológica –la posibilidad real de que la humanidad
se convierta en una civilización de Tipo II en la escala de Kardashev,
dominando la energía de su estrella. Los avances en ciencia de materiales,
robótica, lanzamientos espaciales y energías renovables indican que ya no es
un concepto inalcanzable: con recursos astronómicos y voluntad sostenida,
podríamos dar los primeros pasos en la construcción de enjambres solares a gran
escala[2][7]. Los beneficios serían
revolucionarios, inaugurando una era post-escasez energética que redefiniría la
economía y quizás resolvería muchos problemas ambientales al proporcionar
energía limpia ilimitada.
Por otro lado, la esfera de Dyson expone las barreras intangibles
que frenan a la humanidad. Más que límites científicos, nos enfrentamos a límites
internos: el miedo, la desconfianza, la ambición desmedida y la falta de
acuerdos éticos. Hemos visto que los miedos geopolíticos convierten a
esta potencial bendición en fuente de paranoia: temores de supremacía global de
un adversario, de nuevos desequilibrios de poder o de armas orbitales
destructivas. Simultáneamente, las barreras éticas nos recuerdan que no
todo lo que técnicamente podemos hacer, debemos hacerlo sin más; la prudencia
ante lo desconocido y la equidad hacia todos los seres humanos (presentes y
futuros) nos obligan a pausar y diseñar bien el camino. Autores como Harari,
Jonas, Beck y Bostrom nos han ofrecido lentes para entender estos desafíos: la
necesidad de cooperación global para no autodestruirnos (Harari)[16], el imperativo de asumir
responsabilidad por las consecuencias de nuestra potencia tecnológica (Jonas),
la conciencia de que vivimos en una sociedad del riesgo que requiere nuevas
políticas (Beck), y la advertencia de que sin un nuevo tipo de gobernanza
podríamos extraer “bolas negras” de la urna del progreso (Bostrom)[19].
En síntesis, la esfera de Dyson es viable técnicamente pero inviable
socialmente bajo las condiciones actuales. Pero esto no tiene por qué ser
permanente. El ensayo ha argumentado que mediante un fortalecimiento de la gobernanza
tecnológica global, es posible transformar el miedo en colaboración y la
parálisis en acción segura. Si la comunidad internacional lograra pactar reglas
justas y construir confianza –quizá comenzando con proyectos pilotos conjuntos
de energía solar orbital– demostraría que incluso las empresas más ambiciosas
pueden realizarse en beneficio compartido. De lograrlo, la esfera de Dyson pasaría
de ser un símbolo de divisiones a un símbolo de unidad planetaria: un
emprendimiento en que la humanidad, unida por la razón y la ética, literalmente
se alimenta de su estrella madre para prosperar sin dañar a nadie.
En última instancia, el dilema de la esfera de Dyson nos confronta con
una elección más amplia sobre nuestro futuro tecnológico. Podemos permitir que
los fantasmas de la guerra fría y la miopía moral sigan dictando nuestro
destino, manteniéndonos en un estado de desconfianza que impide aprovechar
nuestros mayores logros científicos. O podemos dar un salto de madurez
colectiva, reconociendo que ciertos objetivos –como la sostenibilidad
energética global– son tan trascendentes que exigen cooperar por encima de
rivalidades. Escapar de la sombra del miedo geopolítico no será fácil; requiere
visión de estadistas, presión de la sociedad civil y nuevas instituciones
inclusivas. Pero las recompensas de ese cambio de paradigma serían inmensas.
Como dijo alguna vez Carl Sagan, “para hacer una tarta de manzana desde
cero, primero hay que inventar el universo”. Hoy la frase cobra otro
sentido: para construir una esfera de Dyson, primero tal vez debamos
reinventar la forma en que nos gobernamos a nosotros mismos en este pequeño
mundo. Solo así podremos encender la luz del Sol en toda su plenitud, sin que
su resplandor se vea opacado por nuestras propias sombras.
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solar power is heating up | The Strategist
https://www.aspistrategist.org.au/the-race-to-develop-space-based-solar-power-is-heating-up/
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https://space.commerce.gov/nsso-report-on-space-based-solar-power/
[15] Why Space Solar Might Finally
Work (But Not How You Think)
https://www.youtube.com/watch?v=M5toP7tRkNc
[16] [20] Yuval Noah Harari, historiador:
“Hay un potencial totalitario en la inteligencia artificial nunca antes visto”
- elDiarioAR.com
[17] [PDF]
beck-ulrich-la-sociedad-del-riesgo-global.pdf
https://giuseppecapograssi.files.wordpress.com/2015/01/beck-ulrich-la-sociedad-del-riesgo-global.pdf
[18] [19] None of our technologies has
managed to destroy humanity – yet | Aeon Essays
https://aeon.co/essays/none-of-our-technologies-has-managed-to-destroy-humanity-yet
[21] [22] [23] [27] Space-based solar power: legal
frameworks and sustainable development perspectives | Discover Applied Sciences
https://link.springer.com/article/10.1007/s42452-024-06259-5
[24] Ética de la responsabilidad: Hans
Jonas - Redbioética/UNESCO
https://redbioetica.com.ar/etica-responsabilidad-hans-jonas/
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