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La Esfera de Dyson: Viabilidad Tecnológica frente a Temores Geopolíticos y Éticos

 

La Esfera de Dyson: Viabilidad Tecnológica frente a Temores Geopolíticos y Éticos (Bruno Cogo) 



Introducción

La Esfera de Dyson es una de las ideas más audaces de la ingeniería interestelar. Propuesta originalmente por Freeman Dyson en 1960, describe una megaestructura hipotética que rodearía a una estrella para capturar la mayor parte de su energía irradiada[1]. En la actualidad, esta noción ha dejado de ser mera ciencia ficción para inspirar discusiones científicas reales sobre enjambres solares u órbitas de satélites solares que emulen parcialmente una esfera de Dyson[2]. Paradójicamente, pese a que existen los recursos materiales y conocimientos científicos para empezar a desarrollar versiones parciales de este concepto, su avance se ve obstaculizado no tanto por límites técnicos o económicos inmediatos, sino por factores geopolíticos, asimetrías de poder y dilemas ético-morales. En otras palabras, el miedo a que una nación o corporación se apropie primero de semejante tecnología genera bloqueos, tensiones internacionales e incluso potenciales sabotajes, frenando su realización práctica.

El presente ensayo analiza la esfera de Dyson como un caso emblemático de tecnología potencialmente viable que enfrenta resistencias extratecnológicas. En primer lugar, se explora la viabilidad técnica actual de construir enjambres solares orbitales, apoyándose en informes de NASA, ESA y literatura científica sobre energía solar espacial. En segundo lugar, se examina el miedo geopolítico y las asimetrías de poder asociadas: cómo la perspectiva de una fuente de energía prácticamente ilimitada altera equilibrios estratégicos y suscita dinámicas de carrera tecnológica comparable a una nueva carrera espacial o armamentística. Para ello, se incorporan las reflexiones de autores como Yuval Noah Harari y Nick Bostrom sobre competencia global y riesgos existenciales. En tercer lugar, se abordan las barreras éticas y morales, utilizando las perspectivas filosóficas de Hans Jonas (principio de responsabilidad) y Ulrich Beck (sociedad del riesgo) para entender la precaución ante tecnologías de consecuencias impredecibles. Finalmente, se discuten propuestas de gobernanza tecnológica que podrían permitir aprovechar responsablemente algo como una esfera de Dyson, mitigando el miedo y garantizando un desarrollo colaborativo. Todos los argumentos se presentan con estilo académico bajo normas APA 7ª edición, con citas parentéticas en el texto y referencias bibliográficas completas al final.

Viabilidad tecnológica de la esfera de Dyson en versión parcial

La esfera de Dyson completa – una concha esférica sólida rodeando al Sol – permanece en el terreno de la hipótesis debido a desafíos de ingeniería inimaginables. Sin embargo, versiones parciales como los enjambres de satélites solares (Dyson swarms) se consideran técnicamente factibles a mediano plazo[2]. Un enjambre solar consistiría en miles o millones de paneles o estaciones solares orbitando al Sol para recolectar energía continuamente y transmitirla a la Tierra. Estudios recientes demuestran que, en principio, podría construirse una estructura orbital que capture una fracción significativa de la energía solar sin destruir el equilibrio climático de la Tierra. Por ejemplo, Peters (2023) explora un diseño de enjambre fotovoltaico a 2.13 UA del Sol capaz de recolectar ~4% de la energía solar (unos 15,6 yottavatios) aumentando la temperatura global terrestre en menos de 3 K, un impacto comparable al del calentamiento global actual[3]. Este sistema parcial –aunque monumental– evitaría el escenario catastrófico de una esfera completa que elevaría la temperatura terrestre en ~140 K y la volvería inhóspita[4][3]. Desde el punto de vista material, dicho enjambre requeriría onerosas cantidades de recursos (del orden de 1×10^23 kg de silicio para los paneles[5], equivalente a desmantelar un planeta pequeño), pero los recursos existen en el Sistema Solar (por ejemplo, en Mercurio o en asteroides) y la física necesaria está comprendida. En suma, no hay leyes naturales que impidan una “mini-esfera” de Dyson; el desafío es principalmente de escala de ingeniería y de organización.

De hecho, los componentes básicos de esta visión –la energía solar espacial y la transmisión inalámbrica de potencia– llevan décadas investigándose. Desde la década de 1970, NASA, ESA y otras agencias han estudiado satélites de energía solar orbitando la Tierra (Space-Based Solar Power, SBSP) como fuente inagotable de energía limpia[6]. Hasta hace poco, los altos costos de lanzamiento y la inmadurez tecnológica frenaron su viabilidad económica[6]. No obstante, en años recientes se observa un renovado interés: según un informe de la NASA (Office of Technology, Policy, and Strategy), el número de publicaciones científicas sobre SBSP casi se duplicó entre 2018 y 2022, concentrándose especialmente en China, Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y Rusia[7]. Varias potencias han lanzado hojas de ruta hacia demostraciones tecnológicas. Por ejemplo, China construyó en 2019 una base de pruebas para energía solar espacial en Chongqing y anunció planes para orbitar pequeñas estaciones solares de prueba entre 2021 y 2025[8]. El vicepresidente de la Academia China de Tecnología Espacial, Li Ming, incluso afirmó que China espera ser la primera nación en lograr una planta solar espacial de valor práctico[8]. Japón también progresa: la agencia JAXA planea para 2025 un experimento de transmisión de energía solar desde el espacio a tierra[9]. En Estados Unidos, después de décadas de estudios conceptuales, organismos como el Departamento de Defensa han retomado el interés por la energía solar orbital; un reporte del National Security Space Office ya en 2007 concluía que el SBSP representa una oportunidad estratégica para reforzar la seguridad energética y militar de EE.UU., siendo “más técnicamente factible que nunca” gracias a los avances en vectores de lanzamiento y automatización[10]. Asimismo, la NASA en 2023-2024 evaluó escenarios de SBSP y consideró opciones de demostraciones tecnológicas en asociación con otras agencias y sector privado[11][12]. Europa, por su parte, lanzó en 2022 la iniciativa SOLARIS de ESA para estudiar la viabilidad de plantas solares en órbita en apoyo a los objetivos de energía limpia del continente. Todo lo anterior sugiere que contamos con el conocimiento científico y la base tecnológica para iniciar proyectos piloto de enjambres solares orbitales. Los obstáculos principales parecen ser el esfuerzo coordinado masivo requerido y, como veremos, la falta de consenso político global para acometer un proyecto de semejante envergadura.

Temor geopolítico y asimetrías de poder

Si una esfera de Dyson parcial promete energía prácticamente ilimitada, también conlleva un inmenso poder estratégico. La posibilidad de que un solo actor –sea un país o incluso una corporación multinacional– logre monopolizar la recolección de energía estelar genera comprensibles temores geopolíticos. En el escenario actual de relaciones internacionales, la carrera por la primacía tecnológica es feroz, y la energía orbital se perfila como el nuevo espacio de competición. Donnellon-May (2022) observa que varios países están en la carrera por desarrollar SBSP, pero China y Estados Unidos despuntan como líderes en esta competencia[13]. El liderazgo chino en este ámbito no es meramente técnico sino geoestratégico: de concretarse primero, China podría consolidarse como la potencia espacial dominante y entrelazar la energía solar orbital con su Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road), ofreciendo electricidad desde el espacio a otras naciones a cambio de influencia[14]. En efecto, la perspectiva de Pekín proporcionando energía limpia satelital a países socios implicaría una asimetría de poder enorme, reconfigurando alianzas económicas y energéticas en favor de quien controle la red orbital. Para Washington y sus aliados, este escenario resulta inaceptable, alimentando suspicacias y la presión por no quedarse atrás. Del mismo modo, si fuera EE.UU. quien liderase un proyecto así, otras potencias podrían percibirlo como una amenaza a la seguridad energética global y a su soberanía.

La historia brinda paralelos claros: la carrera nuclear en el siglo XX mostró cómo la primera superpotencia en desarrollar armas atómicas adquirió una ventaja hegemónica, provocando una inmediata respuesta de otras naciones por equilibrar la balanza (la URSS, China, etc.). En el caso de la energía orbital, aunque su fin declarado sea pacífico (generar electricidad), su potencial uso dual no pasa inadvertido. Un sistema capaz de transmitir gigavatios de potencia inalámbrica a la Tierra podría, en teoría, convertirse en un arma si la energía se focalizara intencionalmente como haz destructor[15]. Incluso si esa militarización directa se evita, el simple hecho de poseer una fuente de energía ilimitada brindaría independencia de recursos nunca vista, otorgando a esa nación o corporación una capacidad industrial-militar imbatible. De allí que altos mandos militares ya hablen de la energía solar espacial en términos estratégicos: el Departamento de Defensa de EE.UU. destacó que esta tecnología podría aumentar significativamente la seguridad y la “libertad de acción” de quien la posea[10]. Ese lenguaje –freedom of action– denota superioridad geopolítica. Consecuentemente, otros actores se sentirían obligados a impedir o contrarrestar tal concentración de poder.

Yuval Noah Harari advierte que la humanidad enfrenta retos (como cambio climático o nuevas tecnologías disruptivas) que solo podrían resolverse con cooperación global, pero en la práctica “nuestros líderes, en lugar de colaborar en busca de soluciones, cada vez se acercan más a la guerra global[16]. Esta observación aplica al dilema de la esfera de Dyson: pese a que proveería energía abundante beneficiosa para todo el planeta, las potencias parecen más inclinadas a competir que a unir esfuerzos. El resultado probable es un empantanamiento tecnológico motivado por desconfianza. Cada país teme que otro avance primero y obtenga ventaja, pero al mismo tiempo teme que cualquier intento propio desencadene reacciones hostiles. Se configura así un “juego de sombra” geopolítico: nadie se atreve a encabezar abiertamente el proyecto Dyson, y cualquier progreso se mantiene semi-secreto o en ámbito puramente nacional para no alertar a rivales. En el peor de los casos, esta dinámica puede derivar en bloqueos deliberados o sabotaje. Es concebible que programas de energía solar orbital sufran ciberataques, espionaje o sabotaje físico orquestado por potencias rivales, del mismo modo que en el pasado se ha saboteado el desarrollo nuclear de ciertos países mediante virus informáticos o operaciones encubiertas. Ulrich Beck señalaría aquí que los riesgos globales modernos, lejos de democratizarse, suelen agravar las desigualdades y tensiones entre naciones[17]. La “primera ley de la sociedad del riesgo”, dice Beck, es que los riesgos se distribuyen desigualmente y generan nuevos conflictos sociales[17]. El temor a quedar en desventaja frente a un riesgo (o una oportunidad tecnológica) se convierte en sí mismo en un factor de conflicto.

Desde la perspectiva de Nick Bostrom, este panorama encaja en lo que él denomina escenarios de “ventaja estratégica decisiva”: cuando una entidad logra un salto tecnológico tan grande que puede dominar a todas las demás (Bostrom, 2014). Bostrom advierte que si la dinámica competitiva persiste, eventualmente emergerá alguna tecnología de tal poder (una “bola negra” del progreso científico) que podría poner en jaque a la civilización entera[18][19]. Para evitar la catástrofe asociada a esa eventualidad, harían falta medidas de cooperación sin precedentes o incluso gobernanza mundial preventiva[19]. Aplicado a nuestro caso: una esfera de Dyson no es necesariamente una “bola negra” destructiva per se, pero la carrera por alcanzarla sí podría desencadenar conflictos catastróficos. Bostrom y otros filósofos del riesgo sugieren que la única forma segura de gestionar tecnologías tan transformadoras sería mediante acuerdos globales vinculantes o una autoridad supranacional, evitando así el dilema de seguridad que empuja a la confrontación[19]. En ausencia de tales arreglos, prevalece la lógica de la desconfianza: ningún actor quiere ser vulnerable a otro con poder cuasi-ilimitado, de modo que preferirá retrasar o impedir que cualquiera lo obtenga antes que colaborar abiertamente en el desarrollo. Este es el núcleo del miedo geopolítico que ata de manos a la esfera de Dyson hoy en día.

Cabe notar que no solo los Estados nación entran en juego, sino también las mega-corporaciones tecnológicas. Empresas privadas como SpaceX, Blue Origin o conglomerados aeroespaciales podrían, en un futuro, liderar proyectos de energía solar orbital con fines comerciales. Si una corporación obtuviera control sobre una porción significativa de la energía solar (por ejemplo, gestionando una constelación entera de satélites de energía), su poder económico y político podría eclipsar al de muchos países. Esto genera otra capa de temor: asimetrías de poder privado. Harari (2018) ha subrayado cómo en el siglo XXI grandes corporaciones tecnológicas manejan datos y recursos con implicaciones geopolíticas, a veces rivalizando con los Estados en influencia. Una corporación que monopolice energía orbital sería vista con recelo tanto por gobiernos (que temerían perder soberanía energética) como por la sociedad civil (que vería concentrado en pocas manos un bien común como la luz solar). Esta situación evocaría la necesidad de regulación global para evitar monopolios cósmicos, lo que de nuevo nos lleva a que la falta de marcos de gobernanza adecuados añade incertidumbre y frenazo al progreso.

En síntesis, la esfera de Dyson enfrenta un callejón geopolítico: su promesa técnica está al alcance, pero ningún actor se arriesga a perseguirla abiertamente por miedo a las consecuencias estratégicas. El mundo carece hoy de la confianza mutua y las instituciones compartidas necesarias para emprender una empresa de tal magnitud en beneficio colectivo. Como señala Harari, la humanidad ha acumulado poder y conocimiento increíbles, pero ese poder “no es sabiduría” y nuestras estructuras de cooperación global no han avanzado al mismo ritmo[20][16]. Sin sabiduría cooperativa, el poder de una esfera de Dyson se percibe más como amenaza que como bendición.

Barreras éticas y morales ante una megaestructura solar

Además de las consideraciones estratégicas, la idea de construir un enjambre solar gigante alrededor del Sol plantea profundos dilemas éticos y morales. El primero y más inmediato es la responsabilidad ambiental y con las futuras generaciones. Hans Jonas, en El principio de responsabilidad (1979), argumentó que la ética tradicional debe expandirse para considerar los efectos a largo plazo de la acción tecnológica sobre la biosfera y la humanidad futura. Jonas propuso la “heurística del temor”: ante incertidumbres enormes, debemos inclinarnos por la opción más prudente, imaginando los peores escenarios para así evitarlos (Jonas, 1995). En el contexto de la esfera de Dyson, esta heurística nos insta a preguntarnos: ¿y si una intervención a escala estelar resultara catastrófica e irreversible? Los cálculos sobre impactos climáticos mencionados anteriormente ilustran este punto. Un proyecto mal dimensionado podría alterar drásticamente el flujo de energía solar a la Tierra –ya sea exceso de calor atrapado o déficit de luz recibida– llevando el clima fuera del rango compatible con la vida[4][3]. Jonas enfatizaría que cuando el alcance del poder humano abarca a todo el planeta (o más allá), nuestras decisiones deben guiarse por el temor ilustrado de no causar un mal irreparable (Jonas, 1995, p. 36). Esto se alinea con el principio de precaución: si no estamos seguros de controlar plenamente las consecuencias de una megaestructura solar, quizá moralmente no debamos proceder hasta tener garantías sólidas de no perjuicio.

Relacionado con ello, emergen cuestiones sobre la vulnerabilidad del entorno espacial. El espacio exterior ha sido declarado provincia de toda la humanidad y su uso está regido por tratados internacionales como el Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967. Este tratado establece la obligación de utilizar el espacio con fines pacíficos, evitar la contaminación perjudicial y no apropiarse de cuerpos celestes[21][22]. Una red de miles de satélites captadores de energía alrededor del Sol o en órbita terrestre presenta retos para esos principios. Por un lado, podría producir basura espacial considerable y riesgos de colisiones en cadena (síndrome de Kessler) si no se gestiona adecuadamente[23]. Por otro lado, aunque la luz solar no es un “recurso” poseíble, ocupar órbitas y posiciones ventajosas en torno al Sol podría ser visto como una forma de apropiación encubierta. Éticamente surge la pregunta: ¿Quién tiene derecho a “cercar” el Sol? La moral cosmopolita sugiere que ningún pueblo o empresa debiera excluir a otros de un bien común global. Si una nación intentara acaparar los puntos orbitales óptimos para recolección solar, violaría el espíritu de equidad del derecho espacial y de la justicia distributiva. Ulrich Beck aportaría aquí que la gestión de riesgos globales exige transparencia, debate democrático y justicia, pues de lo contrario se generan “autoritarismos tecno-científicos” donde unos pocos deciden el destino de todos (Beck, 1998). Un proyecto secreto o unilateral de esfera de Dyson sería moralmente cuestionable no solo por sus posibles daños, sino por la falta de consentimiento global. Esto conecta con la noción de gobernanza democrática de la tecnología: decisiones que afectan a la humanidad entera (y alterar el régimen energético del sistema solar ciertamente lo haría) deberían contar con legitimidad y participación amplia.

Otra barrera ética radica en los costos de oportunidad y prioridades como civilización. Construir incluso una fracción de esfera de Dyson requeriría cantidades colosales de materiales y energía invertida, potencialmente desviando recursos de necesidades terrestres urgentes. Es válido moralmente preguntarse si embarcarnos en esta empresa es correcto mientras persisten problemas acuciantes como la pobreza extrema en regiones del planeta o la crisis climática. Los proponentes argumentarán que la energía ilimitada resolvería a largo plazo muchos de esos problemas (energía barata para desalinizadoras, industrias, etc.), pero los detractores invocarán un principio de justicia intergeneracional: no sacrificar el presente por un futuro hipotético, o al menos no sin un amplio consenso. Aquí de nuevo Jonas (1995) sugeriría prudencia: la ética de la responsabilidad nos pide pensar en las consecuencias para la calidad humana de la vida, no solo en hitos de poderío técnico.

Un aspecto moral final a considerar es el síndrome de “jugar a ser dioses”. Capturar la energía de una estrella entera roza temas casi metafísicos sobre el rol de la humanidad en el universo. Algunas corrientes filosóficas o religiosas podrían ver este acto como una hybris, una arrogancia peligrosa de la tecnociencia que no respeta límites naturales. Hans Jonas, desde una postura secular pero prudentista, sostenía que la técnica moderna ha desbordado tanto su capacidad que ha creado una “segunda naturaleza” artificial de consecuencias imprevisibles[24]. Si ya con la energía nuclear o la ingeniería genética hemos enfrentado dilemas morales profundos, cuánto más con la manipulación del entorno solar completo. Surge la noción de una ética de la auto-restricción: tal vez haya logros que, aunque posibles, la humanidad deba abstenerse de perseguir hasta estar ética y socialmente preparada. Este argumento moral es controvertido, pues la línea entre precaución y inmovilismo puede ser tenue. Sin embargo, filósofos como Jonas o el propio Hans Jonas (1979) plantean que preferir la continuidad segura de la existencia sobre los avances irreversibles es un imperativo categórico nuevo: “Obra de modo que las consecuencias de tu acción no destruyan la posibilidad futura de la vida humana en la Tierra” (Jonas, 1995, p. 36). En la esfera de Dyson, esa máxima se traduce en: no arriesgar la habitabilidad planetaria o la paz mundial por ambición tecnológica desmedida.

En resumen, las barreras éticas invitan a la pausa reflexiva. No se trata solo de si podemos tecnológicamente construir un enjambre solar, sino de si debemos hacerlo, en qué condiciones y bajo qué valores rectores. La moral contemporánea, a medida que nuestro poder crece, nos exige integrar la preocupación por el futuro lejano, el planeta en su conjunto y la humanidad como unidad de destino. Es evidente que un proyecto de la envergadura de la esfera de Dyson demanda un consenso moral global que hoy no existe plenamente.

Hacia una gobernanza tecnológica global para la energía orbital

Dados los desafíos descritos, es legítimo preguntar: ¿qué vía existe para desbloquear el potencial benéfico de una esfera de Dyson (o sus equivalentes parciales) sin sucumbir a los miedos y riesgos asociados? La respuesta apunta hacia la gobernanza tecnológica global. En este sentido, múltiples pensadores y organismos internacionales coinciden en que solo mediante marcos cooperativos, transparencia y regulación compartida podría avanzarse en proyectos tan sensibles.

En primer lugar, habría que fortalecer y actualizar el régimen jurídico internacional del espacio. El Tratado del Espacio Ultraterrestre (1967) y otros acuerdos (Acuerdo de la Luna de 1979, etc.) proporcionan principios valiosos –uso pacífico, beneficio para toda la humanidad, no apropiación nacional, responsabilidad por daños, etc.–[21][22]. No obstante, fueron redactados en una era donde una esfera de Dyson pertenecía a la ciencia ficción. Sería prudente desarrollar protocolos o enmiendas específicas para el uso masivo de energía solar orbital. Por ejemplo, se podría acordar cuotas o derechos de utilización orbital equitativos para evitar que un solo actor ocupe todas las órbitas óptimas. También mecanismos de transparencia y monitorización de cualquier proyecto a gran escala en el espacio, quizá bajo la supervisión de Naciones Unidas o un consorcio internacional independiente. Un paralelo podría ser los acuerdos sobre geoingeniería climática: ante la posibilidad de que un país intente modificar el clima global unilateralmente, se ha sugerido un régimen de aprobación internacional. Similarmente, una iniciativa Dyson debería someterse a escrutinio mundial antes de su despliegue.

En segundo lugar, se puede promover la cooperación internacional en investigación y desarrollo de la energía solar espacial, para diluir así la atmósfera de carrera de suma cero. La ESA y la NASA ya han dado pasos en esa dirección. El informe de NASA OTPS recomienda que la agencia colabore con los esfuerzos de aliados como Europa, Japón, Australia y Corea del Sur, e incluso que apoye el interés de la ESA en SBSP para objetivos de energía neta cero[25]. Esto sugiere un modelo de consorcio multinacional donde varias potencias desarrollen conjuntamente la tecnología, compartiendo costos y beneficios. Un proyecto global en la línea de la Estación Espacial Internacional (ISS), pero enfocado en un prototipo de planta solar orbital, podría servir como laboratorio de gobernanza compartida. Si las principales economías participaran, habría menos incentivos para la sospecha mutua. Asimismo, incluir a potencias emergentes y países en desarrollo en alguna medida garantizaría que los frutos de la nueva energía se repartan ampliamente, reduciendo las asimetrías. Harari ha propuesto en distintos foros que las grandes amenazas y oportunidades tecnológicas del siglo XXI (IA, biotecnología, etc.) requieren instituciones globales efectivas, porque ningún país por sí solo puede gestionarlas (Harari, 2018). En línea con esto, cabría imaginar una Agencia Internacional de Energía Espacial, bajo auspicio de la ONU, análoga a la AIEA (Agencia Atómica) pero orientada a promover y regular proyectos como el de la esfera de Dyson de modo pacífico.

Otro elemento central de gobernanza sería incorporar los principios de seguridad compartida y no militarización. Sería vital alcanzar acuerdos verificables de que los sistemas de energía orbital no serán usados como arma. Esto implicaría transparencia en los parámetros técnicos (e.g., densidad máxima de potencia de los haces transmitidos, para que no puedan ser letales)[26], inspecciones internacionales y quizás incluso la presencia conjunta de operadores de varios países en las instalaciones receptoras. Aunque el tratado espacial prohíbe armas de destrucción masiva en el espacio[27], una laguna es qué ocurre con otras aplicaciones. Dejar claro desde el diseño que una red Dyson es infraestructura civil global ayudaría a legitimar su desarrollo. Aquí las grandes potencias tendrían que comprometerse explícitamente a no buscar ventajas militares de la misma, quizá complementado con medidas de confianza (compartir datos en tiempo real de la orientación de los satélites, etc.).

Desde la perspectiva filosófica, la gobernanza también debe incorporar la ética de la responsabilidad de Jonas y la conciencia de riesgo de Beck. Jonas abogaría por una autoridad global capaz de frenar o reorientar el impulso técnico si este amenazase la supervivencia (Jonas, 1995). Esto no implica frenar todo progreso, sino construir una sabiduría colectiva que guíe la técnica al servicio de fines verdaderamente humanos. Beck, por su parte, enfatizaría el involucramiento público: la sociedad civil mundial debería tener voz en decisiones tecnocientíficas críticas, para evitar que queden en manos de una élite científico-política sin control democrático (Beck, 1998). En la práctica, podría organizarse un panel internacional de expertos independientes, ONG ambientales, representantes ciudadanos y líderes religiosos/filosóficos para deliberar sobre los aspectos éticos de la esfera de Dyson. Este esfuerzo de deliberación global contribuiría a legitimar (o eventualmente reprobar) el proyecto desde valores ampliamente compartidos.

Finalmente, no debe subestimarse el papel de la confianza y la creación de una narrativa común. Yuval Harari destaca que los seres humanos cooperamos a gran escala gracias a mitos compartidos o visiones comunes (Harari, 2014). Quizá haga falta articular una visión positiva de la esfera de Dyson como empresa de toda la humanidad, similar a cómo se concibió el Proyecto Apollo en su momento como un logro de “nosotros” (aunque fue nacionalista en la práctica, luego se reframed como un salto para la humanidad entera). Divulgar ampliamente los beneficios potenciales (energía limpia ilimitada que podría erradicar la pobreza energética y frenar el cambio climático) y al mismo tiempo reconocer los riesgos y cómo se manejarán, podría generar mayor aceptación pública. Nick Bostrom menciona el concepto del “singleton”, una eventual forma de orden global unificado que podría tomar decisiones óptimas evitando dilemas destructivos de múltiples partes (Bostrom, 2014). Sin aventurar tanto, es claro que cuanto más podamos pensar como una sola civilización planetaria, más factible será acometer proyectos como la esfera de Dyson sin desencadenar miedo geopolítico.

En conclusión de esta sección, la gobernanza tecnológica global no es una utopía ingenua sino una necesidad práctica ante tecnologías de escala planetaria. La esfera de Dyson sirve de caso de estudio que expone las debilidades de nuestro sistema internacional para gestionar la ciencia de frontera: mientras permanezcamos en un entorno de anarquía y competencia, invenciones con el potencial de beneficiar a todos quedarán atrapadas en suspenso. Superar ese impasse requiere innovación no solo técnica, sino política y moral. Reglas claras, cooperación sincera y una ética global compartida podrían liberar el nudo gordiano que hoy ata a la esfera de Dyson.

Conclusión

La esfera de Dyson, entendida ampliamente como la captación orbital masiva de energía solar, se erige como un espejo de nuestras contradicciones contemporáneas. Por un lado, simboliza el cenit de la capacidad tecnológica –la posibilidad real de que la humanidad se convierta en una civilización de Tipo II en la escala de Kardashev, dominando la energía de su estrella. Los avances en ciencia de materiales, robótica, lanzamientos espaciales y energías renovables indican que ya no es un concepto inalcanzable: con recursos astronómicos y voluntad sostenida, podríamos dar los primeros pasos en la construcción de enjambres solares a gran escala[2][7]. Los beneficios serían revolucionarios, inaugurando una era post-escasez energética que redefiniría la economía y quizás resolvería muchos problemas ambientales al proporcionar energía limpia ilimitada.

Por otro lado, la esfera de Dyson expone las barreras intangibles que frenan a la humanidad. Más que límites científicos, nos enfrentamos a límites internos: el miedo, la desconfianza, la ambición desmedida y la falta de acuerdos éticos. Hemos visto que los miedos geopolíticos convierten a esta potencial bendición en fuente de paranoia: temores de supremacía global de un adversario, de nuevos desequilibrios de poder o de armas orbitales destructivas. Simultáneamente, las barreras éticas nos recuerdan que no todo lo que técnicamente podemos hacer, debemos hacerlo sin más; la prudencia ante lo desconocido y la equidad hacia todos los seres humanos (presentes y futuros) nos obligan a pausar y diseñar bien el camino. Autores como Harari, Jonas, Beck y Bostrom nos han ofrecido lentes para entender estos desafíos: la necesidad de cooperación global para no autodestruirnos (Harari)[16], el imperativo de asumir responsabilidad por las consecuencias de nuestra potencia tecnológica (Jonas), la conciencia de que vivimos en una sociedad del riesgo que requiere nuevas políticas (Beck), y la advertencia de que sin un nuevo tipo de gobernanza podríamos extraer “bolas negras” de la urna del progreso (Bostrom)[19].

En síntesis, la esfera de Dyson es viable técnicamente pero inviable socialmente bajo las condiciones actuales. Pero esto no tiene por qué ser permanente. El ensayo ha argumentado que mediante un fortalecimiento de la gobernanza tecnológica global, es posible transformar el miedo en colaboración y la parálisis en acción segura. Si la comunidad internacional lograra pactar reglas justas y construir confianza –quizá comenzando con proyectos pilotos conjuntos de energía solar orbital– demostraría que incluso las empresas más ambiciosas pueden realizarse en beneficio compartido. De lograrlo, la esfera de Dyson pasaría de ser un símbolo de divisiones a un símbolo de unidad planetaria: un emprendimiento en que la humanidad, unida por la razón y la ética, literalmente se alimenta de su estrella madre para prosperar sin dañar a nadie.

En última instancia, el dilema de la esfera de Dyson nos confronta con una elección más amplia sobre nuestro futuro tecnológico. Podemos permitir que los fantasmas de la guerra fría y la miopía moral sigan dictando nuestro destino, manteniéndonos en un estado de desconfianza que impide aprovechar nuestros mayores logros científicos. O podemos dar un salto de madurez colectiva, reconociendo que ciertos objetivos –como la sostenibilidad energética global– son tan trascendentes que exigen cooperar por encima de rivalidades. Escapar de la sombra del miedo geopolítico no será fácil; requiere visión de estadistas, presión de la sociedad civil y nuevas instituciones inclusivas. Pero las recompensas de ese cambio de paradigma serían inmensas. Como dijo alguna vez Carl Sagan, “para hacer una tarta de manzana desde cero, primero hay que inventar el universo”. Hoy la frase cobra otro sentido: para construir una esfera de Dyson, primero tal vez debamos reinventar la forma en que nos gobernamos a nosotros mismos en este pequeño mundo. Solo así podremos encender la luz del Sol en toda su plenitud, sin que su resplandor se vea opacado por nuestras propias sombras.

Referencias

  • Beck, U. (1998). La sociedad del riesgo: Hacia una nueva modernidad. Barcelona: Paidós Ibérica. (Obra original publicada en 1986).
  • Bostrom, N., & van der Merwe, M. (2021, 12 de febrero). How vulnerable is the world? Aeon. Recuperado de https://aeon.co/essays/none-of-our-technologies-has-managed-to-destroy-humanity-yet[19]
  • del Castillo, C. (2024, 22 de septiembre). Yuval Noah Harari, historiador: “Hay un potencial totalitario en la inteligencia artificial nunca antes visto”. elDiarioAR. Recuperado de https://www.eldiarioar.com/sociedad/yuval-noah-harari-historiador-hay-potencial-totalitario-inteligencia-artificial-visto_1_11673544.html[20][16]
  • Dyson, F. (1960). Search for artificial stellar sources of infrared radiation. Science, 131(3414), 1667-1668.
  • Jonas, H. (1995). El principio de responsabilidad: Ensayo de una ética para la civilización tecnológica. Barcelona: Herder. (Obra original publicada en 1979).
  • National Security Space Office (NSSO). (2007). Space-Based Solar Power as an Opportunity for Strategic Security (Interim Assessment). Washington, DC: Department of Defense. [10]
  • NASA Office of Technology, Policy, and Strategy (OTPS). (2024). Space-Based Solar Power: Analysis of Alternatives Report. Washington, DC: NASA. [7][25]
  • Thompson, M. (2025, 19 de marzo). A Dyson Swarm Made of Solar Panels Would Make Earth Uninhabitable. Universe Today. Recuperado de https://www.universetoday.com/160883/a-dyson-swarm-made-of-solar-panels-would-make-earth-uninhabitable/[3]
  • Donnellon-May, G. (2022, 22 de noviembre). The race to develop space-based solar power is heating up. The Strategist – Australian Strategic Policy Institute. Recuperado de https://www.aspistrategist.org.au/the-race-to-develop-space-based-solar-power-is-heating-up/[8][14]

[1] [2] [3] [4] [5] A Dyson Swarm Made of Solar Panels Would Make Earth Uninhabitable - Universe Today

https://www.universetoday.com/articles/a-dyson-swarm-made-of-solar-panels-would-make-earth-uninhabitable

[6] [26] Space-based solar power - Wikipedia

https://en.wikipedia.org/wiki/Space-based_solar_power

[7] [9] [11] [12] [25] Space-Based Solar Power

https://www.nasa.gov/wp-content/uploads/2024/01/otps-sbsp-report-final-tagged-approved-1-8-24-tagged-v2.pdf

[8] [13] [14] The race to develop space-based solar power is heating up | The Strategist

https://www.aspistrategist.org.au/the-race-to-develop-space-based-solar-power-is-heating-up/

[10] NSSO Report on Space-Based Solar Power – Office of Space Commerce

https://space.commerce.gov/nsso-report-on-space-based-solar-power/

[15] Why Space Solar Might Finally Work (But Not How You Think)

https://www.youtube.com/watch?v=M5toP7tRkNc

[16] [20] Yuval Noah Harari, historiador: “Hay un potencial totalitario en la inteligencia artificial nunca antes visto” - elDiarioAR.com

https://www.eldiarioar.com/sociedad/yuval-noah-harari-historiador-hay-potencial-totalitario-inteligencia-artificial-visto_1_11673544.html

[17] [PDF] beck-ulrich-la-sociedad-del-riesgo-global.pdf

https://giuseppecapograssi.files.wordpress.com/2015/01/beck-ulrich-la-sociedad-del-riesgo-global.pdf

[18] [19] None of our technologies has managed to destroy humanity – yet | Aeon Essays

https://aeon.co/essays/none-of-our-technologies-has-managed-to-destroy-humanity-yet

[21] [22] [23] [27] Space-based solar power: legal frameworks and sustainable development perspectives | Discover Applied Sciences

https://link.springer.com/article/10.1007/s42452-024-06259-5

[24] Ética de la responsabilidad: Hans Jonas - Redbioética/UNESCO

https://redbioetica.com.ar/etica-responsabilidad-hans-jonas/

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