El artificio del orden: entre la ley, la moral y la máquina
Por el Prof. Bruno Cogo
Quizás el mayor milagro del progreso no haya sido la máquina, sino la idea de que la máquina nos redimiría de nosotros mismos. Tal vez en eso consista toda la ilusión moderna: en creer que el hierro, el silicio o la órbita podrían hacer lo que la ética aún no se anima.
¿Y si la tecnología no fuera el problema ni la solución, sino el espejo donde vemos reflejada nuestra propia indecisión moral?
Decimos que necesitamos leyes para controlar el poder, pero ¿qué ocurre cuando el poder se vuelve inmaterial, cuando la fuerza se desplaza de las manos al algoritmo, del músculo al circuito? Tal vez seguimos escribiendo leyes con pluma de jurista para gobernar un mundo que ya responde a la lógica de la luz.
Y sin embargo, insistimos en legislar.
Redactamos códigos, tratados, protocolos… como si el mal necesitara recordatorios o el bien necesitara permisos. ¿Acaso el ladrón dejará de robar porque el código penal lo menciona? ¿O acaso el justo necesita un artículo que lo obligue a seguir siéndolo?
La ley, entonces, ¿a quién sirve?
¿A quien teme o a quien confía? ¿A quien necesita prohibir o a quien no puede gobernar su propio deseo?
Quizás la ley sea ese artificio con el que una sociedad intenta disfrazar su falta de virtud.
Pero, ¿y si la virtud fuera un lujo que la política ya no puede permitirse?
Después de todo, las leyes no nacen de la bondad, sino de la sospecha.
La norma es hija de la desconfianza, y la desconfianza es la madre de todo sistema de control.
Si confiáramos en el otro —si de verdad confiáramos—, ¿qué sentido tendría la coerción? ¿Qué necesidad habría de custodios, de jueces, de vigilancia?
Y sin embargo, ¿puede la confianza sobrevivir en una economía del miedo?
La paradoja, quizás, sea que la ley se vuelve más estricta cuanto más frágil se hace la moral, y que la moral se diluye cuanto más delegamos en las máquinas la tarea de decidir por nosotros.
La tecnología promete neutralidad, pero en su promesa late una forma nueva de poder. Un poder que ya no castiga: predice. Que ya no ordena: calcula.
¿Y si el futuro fuera una sociedad perfectamente regulada por algoritmos perfectamente obedientes a leyes que nadie escribió, porque fueron escritas por la eficiencia misma?
¿Sería eso justicia o solo una versión digital del miedo?
A veces pienso que la ley humana —esa que pretende protegernos del otro— solo existe porque todavía no sabemos protegernos de nosotros mismos. Y que la tecnología, con toda su promesa de liberación, solo amplifica el dilema: multiplica el alcance del error, la escala del daño, la velocidad del juicio.
Tal vez el problema no sea el mal uso de la tecnología, sino la imposibilidad de usarla sin convertirla en espejo del poder.
¿Y si el rayo de energía, la esfera solar, la red orbital o el algoritmo moral fueran simplemente versiones sofisticadas de la misma vieja pregunta: quién decide y en nombre de qué?
Nos gusta pensar que legislamos para evitar el caos, pero quizás el verdadero caos sea esta necesidad obsesiva de controlarlo todo. Quizás el orden, cuando se convierte en sistema, deja de ser virtud y se vuelve miedo organizado.
Y la moral, cuando se institucionaliza, deja de ser guía y se vuelve excusa.
En ese sentido, ¿no será que toda ley es una confesión?
Un reconocimiento tácito de que no confiamos ni en nuestra propia conciencia.
Porque el que necesita una norma para no hacer daño, ¿ha comprendido realmente lo que significa no dañar?
Y el que necesita un castigo para no caer en la tentación, ¿es libre o simplemente domesticado?
Quizás la anarquía —no la del caos, sino la del autogobierno moral— no sea un peligro, sino una madurez aún no alcanzada. Un estado donde la tecnología, la política y la ética dejen de vigilarse mutuamente porque se habrán reconciliado en la única forma posible de armonía: la confianza.
Pero, claro, eso supondría que el ser humano es confiable.
¿Lo es? ¿Lo ha sido alguna vez?
Quizás esa sea la pregunta que ninguna máquina puede responder, porque no se trata de cálculo, sino de fe.
Y tal vez por eso seguimos creando leyes, códigos, algoritmos, protocolos… como quien deja encendida una lámpara en un pasillo oscuro: no porque crea que la oscuridad desaparecerá, sino porque necesita pensar que todavía tiene un poco de luz.
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