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Impacto ambiental y algunos mitos

Autor: Prof. Bruno Cogo

La discusión contemporánea sobre los derrames petroleros y su impacto ambiental se mueve dentro de un marco conceptual que, con frecuencia, confunde categorías humanas con propiedades ontológicas del mundo natural. El modo en que se emplean términos como “contaminación”, “daño” o “recurso no renovable” revela una epistemología centrada en la perspectiva humana, más interesada en preservar condiciones favorables para las sociedades que en describir la dinámica real del sistema Tierra. Desde esta posición, la presencia de petróleo en el océano se interpreta como una irrupción antinatural, cuando en realidad constituye una expresión más de los procesos geológicos y biogeoquímicos que han moldeado el planeta durante millones de años. La complejidad de este debate exige abandonar posiciones morales simplificadas y avanzar hacia un marco analítico donde confluyan geología, ecología, economía política y filosofía ambiental.

Entender el petróleo como “contaminante” implica asumir que su mera existencia constituye un problema. Sin embargo, este supuesto se desvanece cuando se examina desde los criterios de la física y la ecología. El petróleo es un compuesto orgánico natural, formado en la interacción entre materia orgánica, bacterias anaeróbicas, sedimentación, presión y temperatura. La literatura geoquímica ha documentado abundantemente estos procesos (Tissot & Welte, 1984), así como la continuidad de la formación de hidrocarburos en ambientes anóxicos actuales. La noción de contaminación no refiere a la sustancia en sí, sino a su inserción en un sistema que no está adaptado para recibirla en ese ritmo o magnitud. La categoría procede, entonces, no de una propiedad intrínseca del petróleo, sino de la incompatibilidad entre un pulso abrupto y la estructura ecológica local afectada.

La propia formación de petróleo pone en tensión la idea de “recursos no renovables”. Desde el punto de vista geológico, los hidrocarburos se regeneran continuamente, aunque a escalas temporales incompatibles con el horizonte económico humano. El carácter “no renovable” no es una propiedad natural sino un juicio basado en los requerimientos energéticos contemporáneos. La economía moderna necesita recursos en ciclos de retorno de décadas; la Tierra opera en ciclos de retorno de millones de años. Lo que para el mercado es agotamiento, para la geología es un simple desfase de escalas. Este punto ha sido señalado repetidamente en la literatura de economía ecológica, donde se advierte que muchas categorías de uso común no describen propiedades naturales, sino expectativas humanas proyectadas sobre la naturaleza (Georgescu-Roegen, 1971).

La política ambiental reproduce esta tensión al definir “daño ambiental” como una perturbación al equilibrio del planeta. Pero el planeta no posee un estado moral preferido. La Tierra ha albergado atmósferas metánicas, periodos anóxicos, glaciaciones extremas y colapsos de biodiversidad (Knoll, 2003). Lo que llamamos daño es, en realidad, una alteración de condiciones que consideramos necesarias para nuestra supervivencia y bienestar. Esta distinción es central: la preservación ambiental no busca salvar a la Tierra de sí misma, sino sostener las condiciones que permiten la continuidad de las sociedades humanas. Esta perspectiva coincide con las reflexiones de Crutzen (2002) sobre el Antropoceno: la era en la que las acciones humanas adquieren magnitud geológica no porque el planeta sea frágil, sino porque nuestras sociedades dependen de una franja inusualmente estable de condiciones físicas.

La cuestión de los derrames petroleros se inscribe en este marco conceptual. Desde la perspectiva del sistema Tierra, la liberación de hidrocarburos no es un fenómeno extraño: innumerables filtraciones naturales liberan petróleo al océano desde el fondo marino. Estos ambientes, estudiados por Joye et al. (2016), dan origen a comunidades microbianas especializadas que metabolizan hidrocarburos como fuente de energía. Entre las bacterias hidrocarbonoclásticas más relevantes se encuentran Alcanivorax, Cycloclasticus y Marinobacter, cuya actividad de degradación ha sido documentada ampliamente (Head, Jones & Röling, 2006). Esto no implica que todo derrame sea inocuo, sino que la presencia de petróleo en ambientes marinos tiene un precedente evolutivo profundo.

Sin embargo, los derrames asociados a actividades humanas generan impactos que exceden la capacidad de absorción inmediata del ecosistema. La capacidad de las bacterias para degradar hidrocarburos depende de múltiples variables: temperatura, disponibilidad de nutrientes, condiciones hidrodinámicas y composición del crudo. La literatura coincide en que la biodegradación natural es eficaz pero no instantánea, y que un derrame masivo puede superar temporalmente la capacidad de respuesta biológica (Joye et al., 2016). Aun así, la existencia de estos mecanismos de resiliencia obliga a reconsiderar las narrativas que presentan al océano como un sistema pasivo, sin capacidad de reorganización o respuesta.

Para comprender por qué los derrames son relativamente raros en proporción al volumen total transportado, resulta imprescindible atender a los incentivos económicos. Ninguna empresa petrolera obtiene beneficio alguno de perder producto; por el contrario, las pérdidas financieras, las multas, las acciones legales y los efectos reputacionales suelen superar cualquier cálculo inmediato de ganancia. El derrame de Exxon Valdez y la catástrofe de Deepwater Horizon han sido estudiados extensamente como ejemplos de cómo un accidente puede desestabilizar una compañía en los mercados internacionales (Mitchell, 2011). Esta estructura de incentivos explica que más del 99.99% del petróleo transportado por mar llegue sin incidentes graves. La narrativa popular, sin embargo, amplifica la presencia mediática de los eventos catastróficos y reduce su comprensión estadística.

Este fenómeno está asociado al sesgo de disponibilidad descrito por Kahneman (2011): la tendencia humana a sobreestimar la frecuencia de eventos que poseen una alta carga emocional o visual. La imagen de aves cubiertas de petróleo o playas ennegrecidas resulta más influyente en la percepción pública que gráficos de frecuencia, tasas de accidentes o reportes técnicos. Esto contribuye a distorsionar el debate ambiental, desplazándolo hacia la interpretación moral antes que hacia el análisis sistémico.

A la luz de estas consideraciones, se vuelve evidente que la política ambiental requiere una renovación epistemológica. Para diseñar marcos regulatorios coherentes resulta necesario distinguir entre los límites del planeta y los límites de nuestras sociedades. El sistema Tierra posee resiliencia suficiente para absorber ciertos procesos que para nosotros resultan catastróficos. Las sociedades humanas, en cambio, dependen de la estabilidad relativa de ecosistemas frágiles a escala local. La política ambiental debe operar en esta zona de tensión: proteger las condiciones que permiten la vida humana compleja sin proyectar sobre la naturaleza una fragilidad que no le corresponde. Solo así es posible elaborar diagnósticos más ajustados y políticas más eficaces, que reconozcan simultáneamente la fuerza reorganizadora del planeta y la vulnerabilidad de los sistemas sociales contemporáneos.


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Referencias (APA 7)

Crutzen, P. J. (2002). Geology of mankind. Nature, 415(6867), 23. https://doi.org/10.1038/415023a

Georgescu-Roegen, N. (1971). The entropy law and the economic process. Harvard University Press.

Head, I. M., Jones, D. M., & Röling, W. F. M. (2006). Marine microorganisms make a meal of oil. Nature Reviews Microbiology, 4(3), 173–182. https://doi.org/10.1038/nrmicro1348

Joye, S. B., Teske, A. P., & Kostka, J. E. (2016). Microbial dynamics following the Deepwater Horizon oil spill. Annual Review of Marine Science, 8, 559–587. https://doi.org/10.1146/annurev-marine-122414-033819

Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux.

Knoll, A. H. (2003). Life on a young planet: The first three billion years of evolution on Earth. Princeton University Press.

Mitchell, T. (2011). Carbon democracy: Political power in the age of oil. Verso.

Tissot, B. P., & Welte, D. H. (1984). Petroleum formation and occurrence. Springer-Verlag.

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