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Cuando el Nombre deja de ser una palabra (Por Bruno Cogo)




Hay búsquedas que comienzan sin que sepamos exactamente qué estamos buscando.

A veces empiezan con una pregunta sencilla:

¿Por qué?

¿Por qué existe algo en lugar de nada?

¿Por qué existe la vida?

¿Por qué existe conciencia?

¿Por qué sentimos que determinadas cosas son justas y otras no?

¿Por qué el universo parece obedecer regularidades que podemos descubrir?

Quizá toda persona que busca respuestas termina, tarde o temprano, frente a alguna versión de estas preguntas. Podemos estudiar ciencia, filosofía, historia o religión. Podemos observar la naturaleza. Podemos recorrer textos antiguos, símbolos, ideas y distintas concepciones acerca de Dios.

Y entre todas esas búsquedas puede aparecer un Nombre.

YHWH.

Jehová.

Entonces surge una pregunta que quizá sea más profunda que cualquier discusión histórica o etimológica:

¿Qué significa realmente encontrar el Nombre de Dios?

La Biblia formula una afirmación extraordinariamente directa:

“Yo soy Jehová. Ese es mi nombre” (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Isaías 42:8).

No dice solamente que Jehová sea una manera de representar a Dios.

La afirmación es personal.

Ese es mi nombre.

El Salmo 83 refuerza la misma idea cuando expresa el deseo de que las personas sepan que el nombre de Dios es Jehová y que él es el Altísimo (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Salmo 83:18).

De modo que, desde la perspectiva bíblica, ya no estamos solamente frente a un concepto religioso.

Estamos frente a una identidad.

Y allí comienza otra búsqueda.

Porque conocer la palabra Jehová es relativamente sencillo.

Podemos estudiarla históricamente.

Podemos estudiar YHWH.

Podemos estudiar el Tetragrámaton.

Podemos analizar sus traducciones.

Podemos investigar su presencia a través de los siglos.

Podemos incluso discutir largamente acerca de su pronunciación.

Pero todo eso todavía pertenece al terreno del conocimiento.

Y la propuesta bíblica parece ir bastante más lejos.

No consiste simplemente en conocer el nombre Jehová.

Consiste en conocer a Jehová.

Jesús lo expresa de una manera difícilmente más clara cuando habla de la vida eterna y dice que implica:

“que lleguen a conocerte a ti, el único Dios verdadero” (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Juan 17:3).

Ahí aparece una diferencia inmensa.

La Biblia no presenta como objetivo último simplemente saber que Dios existe.

Habla de llegar a conocerlo.

Y esa diferencia puede parecer pequeña hasta que intentamos aplicarla a cualquier relación humana.

Conocer el nombre de una persona no significa conocer a esa persona.

Puedo saber cómo se llama.

Puedo conocer su fecha de nacimiento.

Puedo estudiar su historia.

Puedo leer aquello que otros han escrito acerca de ella.

Puedo saber dónde nació, qué hizo y cuáles fueron sus palabras.

Y, sin embargo, quizá nunca haya hablado realmente con ella.

Tal vez no conozca su carácter.

No sé qué ama.

No sé qué rechaza.

No sé qué espera de mí.

Sé muchas cosas sobre esa persona.

Pero todavía no puedo afirmar que la conozco.

¿Por qué habría de ser diferente con Dios?

Y ahí la búsqueda comienza a volverse incómoda.

Porque mientras Jehová permanezca solamente como objeto de estudio, puedo observarlo desde una distancia segura.

Puedo analizar el Tetragrámaton.

Puedo estudiar arqueología bíblica.

Puedo investigar hebreo.

Puedo comparar religiones.

Puedo discutir filosofía.

Puedo desarrollar teorías acerca de Dios.

Pero si comienzo a creer que Jehová no representa a Dios, sino que Jehová es el nombre de Dios, el problema cambia completamente.

Ya no estoy solamente frente a un concepto.

Estoy frente a una identidad.

Y una identidad hace posible una relación.

Mientras el Nombre sea solamente una palabra, puedo estudiarlo.

Cuando empiezo a creer que ese Nombre pertenece realmente a Alguien, tengo que hacerme otra pregunta:

¿Quiero conocer a quien lo lleva?

Entonces también cambia nuestra búsqueda de la verdad.

Durante mucho tiempo podemos pensar en la luz como conocimiento.

Salir de la oscuridad sería abandonar la ignorancia.

Aprender.

Estudiar.

Razonar.

Desprendernos del prejuicio.

Buscar aquello que es verdadero.

Y difícilmente exista algo malo en semejante búsqueda.

De hecho, la propia Biblia presenta el conocimiento como algo que debe perseguirse activamente. Proverbios invita a buscar la sabiduría como se busca la plata y los tesoros escondidos, afirmando que esa búsqueda conduce finalmente a encontrar “el conocimiento de Dios” (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Proverbios 2:4-5).

La búsqueda, por lo tanto, no parece ser enemiga de la fe.

Podría incluso formar parte de ella.

Pero ¿qué ocurre si esa búsqueda no termina simplemente en una comprensión mayor del universo?

¿Qué ocurre si finalmente conduce hacia alguien?

El ser humano parece incapaz de dejar de preguntar.

Observamos la naturaleza y preguntamos por qué.

Observamos el movimiento de los planetas y preguntamos por qué.

Descubrimos leyes naturales y volvemos a preguntar por qué existen esas leyes.

Investigamos la materia.

La vida.

La conciencia.

El tiempo.

La muerte.

Y detrás de cada respuesta aparece otra pregunta.

Es una marcha hacia algún fundamento.

Los antiguos griegos llamaron arché al principio, aquello desde donde todo procede.

Y aquí aparece una dificultad fascinante.

Si para explicar cada cosa necesitamos otra cosa anterior, la pregunta puede retroceder indefinidamente.

¿Qué causó esto?

Aquello.

¿Y aquello?

Otra cosa.

¿Y antes?

Otra.

Pero si existe verdaderamente un fundamento último, llega un punto en que la cadena debe detenerse.

No porque dejemos arbitrariamente de preguntar, sino porque, si continuamos buscando una causa detrás de aquello que definimos como causa primera, entonces sencillamente todavía no hemos llegado a ella.

La búsqueda filosófica puede llevarnos, entonces, hacia la idea de Dios.

Una causa.

Un principio.

Una inteligencia.

Un creador.

Pero incluso allí permanece una distancia enorme entre afirmar:

“Debe existir algo”.

y afirmar:

“Existe Alguien”.

La Biblia propone precisamente ese salto.

No habla solamente de una fuerza primordial.

No presenta únicamente una inteligencia abstracta detrás del cosmos.

Habla de voluntad.

De personalidad.

De justicia.

De amor.

De propósito.

Y finalmente entrega un Nombre.

Cuando Moisés pregunta cómo debe identificar a Dios frente a Israel, la respuesta bíblica desemboca precisamente en Jehová y establece ese Nombre como parte de su identidad ante las generaciones futuras (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Éxodo 3:13-15).

Eso convierte al Nombre en algo mucho más serio que una palabra.

Porque un nombre permite llamar.

Y solamente llamamos a alguien cuando suponemos que existe alguien capaz de escuchar.

Entonces quizá la oración marque precisamente esa frontera.

Puedo estudiar a Dios sin hablarle.

Puedo estudiar la Biblia sin orar.

Puedo conocer perfectamente cómo se escribe YHWH sin haber dirigido jamás una frase sincera a quien creo que lleva ese Nombre.

Pero cuando digo:

“Jehová...”

y realmente creo que estoy hablando con Él, algo cambia.

El Nombre deja de ser solamente objeto de estudio.

Se convierte en interlocutor.

Y esto resulta todavía más interesante cuando observamos las palabras de Jesús. En su oración final con sus discípulos afirma:

“Les he dado a conocer tu nombre” (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Juan 17:6).

Evidentemente, aquellas personas podían conocer las letras de un nombre. Por eso “dar a conocer” puede implicar algo mucho mayor: conocer a la persona, su carácter, su propósito y aquello que representa.

Y quizá ese sea uno de los momentos más delicados de cualquier búsqueda espiritual.

Porque buscar la verdad parece una actividad noble mientras suponemos que la verdad solamente agregará conocimiento.

Pero una búsqueda verdaderamente honesta implica aceptar otra posibilidad:

que aquello que encontremos pueda exigirnos cambiar.

Es fácil buscar una verdad que nunca nos contradiga.

Es fácil investigar mientras esperamos confirmar aquello que ya pensábamos.

Mucho más difícil es formular la pregunta:

¿Busco la verdad para confirmar aquello que ya creo, o estoy dispuesto a permitir que la verdad transforme aquello que creo?

Esto me parece fundamental.

Porque si establezco de antemano aquello que estoy dispuesto a aceptar, ya no estoy buscando la verdad.

Estoy buscando confirmación.

La verdadera búsqueda debe contener la posibilidad de descubrir que estábamos equivocados.

Por eso resulta tan interesante el relato de los habitantes de Berea. Cuando escucharon enseñanzas nuevas, no las aceptaron simplemente por entusiasmo ni las rechazaron porque contradijeran aquello que conocían. La Biblia dice que “todos los días examinaban con cuidado las Escrituras” para comprobar si aquello que se les enseñaba era realmente así (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Hechos 17:11).

Hay algo profundamente valioso en esa actitud.

Escuchar.

Examinar.

Comparar.

Pensar.

Y después decidir.

Fe y razón no aparecen necesariamente como enemigas.

La fe madura no necesita temer una pregunta honesta.

Quizá precisamente porque confía en que aquello que es verdadero podrá soportar ser examinado.

Y esto nos lleva a una escena bíblica extraordinariamente apropiada para nuestra reflexión.

Pablo llega a Atenas, una ciudad repleta de filosofía, religiones, monumentos y escuelas de pensamiento. Allí encuentra un altar dedicado a “un Dios Desconocido” (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Hechos 17:23).

La imagen es fascinante.

Adorar algo que todavía no se conoce.

Buscar algo que todavía no se puede identificar.

Reconocer que detrás de nuestras ideas quizá exista una realidad que todavía no alcanzamos a comprender.

Y entonces Pablo explica por qué Dios creó y dispuso las cosas de manera que los seres humanos:

“buscaran a Dios [...] y de veras lo encontraran” (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Hechos 17:27).

Es difícil encontrar una frase que encaje mejor con nuestra pregunta.

Buscar a Dios.

No simplemente aceptar una tradición heredada.

No repetir una palabra.

No acumular símbolos.

Buscar.

Incluso, dice el texto, “a tientas”.

La imagen es casi la de alguien avanzando en la oscuridad, extendiendo las manos, intentando encontrar aquello que todavía no puede ver claramente.

Pero el versículo no termina en la búsqueda.

Dice que podían encontrarlo.

Entonces quizá la búsqueda de Dios tenga dos momentos profundamente diferentes.

Primero:

¿Existe?

Después:

¿Quién es?

Y, si finalmente creo haber encontrado una respuesta, aparece una tercera pregunta mucho más difícil:

¿Qué voy a hacer con aquello que encontré?

Ahí la verdad deja de ser solamente información.

Se convierte en responsabilidad.

Y quizá esa sea también la diferencia entre saber y tener fe.

El conocimiento puede decir:

“Comprendo esta afirmación”.

La fe añade:

“Confío lo suficiente en aquello que he comprendido como para orientar mi vida de acuerdo con ello”.

Santiago establece una distinción semejante cuando señala que la simple aceptación intelectual de que existe un solo Dios no constituye por sí sola una fe completa (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Santiago 2:19).

Saber algo acerca de Dios no equivale necesariamente a vivir en relación con Él.

Por eso una persona puede pasar toda una vida buscando respuestas y descubrir finalmente algo inesperado:

tal vez la dificultad nunca haya sido encontrar el Nombre.

Tal vez el verdadero desafío sea decidir qué hacemos después de encontrarlo.

Porque encontrar una idea permite continuar razonando.

Encontrar una palabra permite continuar estudiando.

Encontrar una teoría permite continuar discutiendo.

Pero creer que hemos encontrado a Alguien introduce una dimensión diferente.

Nos obliga a escuchar.

Nos obliga a preguntar.

Nos obliga a revisar.

Y quizá, alguna vez, nos obligue también a cambiar.

Jesús vuelve a llevar esta búsqueda hacia un punto extraordinariamente concreto cuando, en la misma oración en la que habla de conocer al único Dios verdadero, afirma:

“Tu palabra es la verdad” (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Juan 17:17).

Entonces aparece una posible dirección.

Si quiero conocer a Jehová, ya no basta con construir una imagen de Dios a partir de aquello que yo quisiera que Dios fuese.

Debo preguntarme qué dice Él acerca de sí mismo.

¿Qué ama?

¿Qué rechaza?

¿Qué considera justo?

¿Qué propósito tiene?

¿Qué espera del ser humano?

Y finalmente aparece la pregunta que inevitablemente deja de ser académica:

¿Qué espera de mí?

Ahí la búsqueda se vuelve personal.

Quizá por eso encontrar el Nombre no constituye el final del camino.

Puede ser exactamente lo contrario.

Puede ser el comienzo.

Primero buscamos una causa.

Después un principio.

Después una inteligencia.

Después preguntamos si esa inteligencia posee identidad.

La Escritura presenta un Nombre.

Jehová.

Y entonces las preguntas cambian.

Ya no solamente:

¿Existe Dios?

Sino:

¿Quién es Jehová?

Después:

¿Puedo conocerlo?

Después:

¿Puedo confiar en Él?

Y finalmente:

¿Quiero vivir de acuerdo con aquello que voy descubriendo acerca de Él?

Quizá esa sea la diferencia entre encontrar una palabra y encontrar un Nombre.

Una palabra puede definirse.

Un Nombre pertenece a alguien.

Y conocer a alguien requiere tiempo, escucha, confianza y relación.

Por eso hoy me parece que la búsqueda de la verdadera luz no termina cuando la oscuridad disminuye.

Comienza verdaderamente cuando nos preguntamos de dónde procede aquello que nos ilumina.

La naturaleza despierta la pregunta.

La razón busca su fundamento.

La filosofía pregunta por el principio.

La Escritura entrega un Nombre.

Y cuando la Luz adquiere un Nombre, la búsqueda deja de ser solamente intelectual.

Comienza la relación.

Una persona puede pasar toda una vida buscando el Nombre de Dios.

Pero existe una búsqueda todavía mayor:

conocer a quien lo lleva.

Porque podemos aprender cuatro letras:

YHWH.

Podemos aprender una palabra:

Jehová.

Pero Jesús no dijo que la vida eterna dependiera simplemente de conocer un nombre.

Habló de llegar a conocer a Dios (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Juan 17:3).

Quizá ahí se encuentre finalmente toda la diferencia.

Encontrar el Nombre responde una pregunta.

Conocer a quien lo lleva puede transformar una vida.

Y entonces permanece una última interrogación:

Si durante tanto tiempo busqué la verdad, ¿qué haré ahora que comienzo a creer que la verdad no me está conduciendo solamente hacia una respuesta, sino hacia Alguien?

Referencia

La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo. (2019). Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania.

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