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Cuando el barco se hunde: una reflexión sobre el mal, el miedo y la fe (Prof. Bruno Cogo)

 



¿Por qué permite Jehová el mal?

Es probablemente una de las preguntas más difíciles que puede hacerse una persona que cree en Dios. Si Jehová es bueno, si tiene poder y si ama a la humanidad, la existencia del sufrimiento parece, por momentos, una contradicción difícil de resolver.

Sin embargo, quizá antes de preguntarnos por qué Dios permite el mal deberíamos preguntarnos algo todavía más elemental: ¿qué llamamos mal?

Porque dolor, sufrimiento y mal no son necesariamente sinónimos.

Una intervención médica puede provocar dolor y buscar un bien. Un atleta puede someter voluntariamente su cuerpo a un enorme esfuerzo sin interpretar esa experiencia como algo malo. Incluso nuestro propio organismo utiliza el dolor como advertencia. Por otro lado, una injusticia puede ser profundamente mala aunque quien la cometa no experimente ningún dolor.

Entonces, si no todo dolor es malo y no todo mal necesariamente produce dolor inmediato, el problema comienza a tomar otra forma.

La Biblia introduce esta cuestión desde sus primeras páginas. El relato de Génesis no presenta solamente una prohibición acerca de un árbol. Presenta algo mucho más profundo: quién posee el derecho de determinar qué está bien y qué está mal.

La serpiente plantea a Eva que el ser humano podría alcanzar por sí mismo el conocimiento de lo bueno y lo malo, independientemente de Dios (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Génesis 3:1-5). La rebelión, entonces, no parece ser únicamente contra una norma. Es un cuestionamiento acerca de la autoridad de Jehová para establecer esa norma.

Y aquí aparece una idea que me resulta difícil ignorar:

Si Jehová hubiera destruido inmediatamente a Satanás, Adán y Eva, habría demostrado que tenía poder, pero no necesariamente que Satanás estaba equivocado.

Destruir a quien desafía una autoridad demuestra quién es más fuerte.

Pero no demuestra necesariamente quién tiene razón.

Lo cual nos lleva a una posibilidad distinta: quizá aquello que debía resolverse no era una cuestión de poder, sino una cuestión de legitimidad.

¿Puede realmente el hombre gobernarse separado de Dios? ¿Puede establecer por sí mismo aquello que está bien y aquello que está mal? ¿Puede construir un mundo verdaderamente justo sin la dirección de Jehová?

Jeremías reconoce precisamente esa limitación cuando afirma que no le corresponde al hombre dirigir siquiera sus propios pasos (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Jeremías 10:23).

Y miles de años de historia humana parecen convertir aquella antigua pregunta en algo difícilmente abstracto.

Hemos construido imperios y democracias. Hemos probado monarquías, repúblicas y revoluciones. Hemos desarrollado ciencias, sistemas económicos, filosofías, medicina y tecnologías capaces de modificar nuestra relación con el planeta.

Y, sin embargo, seguimos encontrándonos con la guerra, la injusticia, el hambre, la violencia, la enfermedad y la muerte.

Esto no significa que la humanidad no haya conseguido cosas extraordinarias. Las ha conseguido.

Pero la pregunta de Edén continúa ahí.

Y, si esto es así, inmediatamente aparece otra pregunta mucho más personal: ¿qué significa entonces creer en Jehová mientras esta cuestión todavía no ha terminado?

Porque la Biblia tampoco dice que quienes creen estén fuera de la tormenta.

José fue vendido por sus propios hermanos.

Job perdió prácticamente todo.

David conoció persecuciones, traiciones y muerte.

Jeremías sufrió rechazo.

Pablo fue golpeado, encarcelado y naufragó.

Jesús mismo conoció angustia, abandono, dolor y muerte.

Por lo tanto, creer en Jehová nunca pudo significar simplemente: «Nada malo me ocurrirá».

La propia Biblia impediría sostener semejante conclusión.

Y esto conduce a una pregunta que considero todavía más incómoda:

¿Creo porque confío en Jehová o porque espero que creer me garantice circunstancias favorables?

El libro de Job construye prácticamente toda su tensión alrededor de esa cuestión.

Satanás cuestiona la fidelidad de Job argumentando, en esencia, que resulta fácil ser fiel cuando todo marcha bien. Según su acusación, si desaparecen las bendiciones también desaparecerá la lealtad (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Job 1:9-11).

Dicho de otra manera: Satanás pone en duda que la fe pueda existir sin recompensa inmediata.

Eso transforma profundamente el problema.

Porque una fe basada en la idea de que Jehová debe impedirme sufrir no es exactamente confianza.

Es un contrato.

«Yo creo mientras las cosas salgan bien».

Pero ¿Qué ocurre cuando no salen bien?

Eclesiastés reconoce con enorme crudeza que el tiempo y los sucesos imprevistos alcanzan a todos (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Eclesiastés 9:11).

Entonces algo malo puede ocurrirme.

Puede ocurrirle también a una persona fiel.

Y eso no demuestra necesariamente que Jehová la haya abandonado.

Hay una diferencia enorme entre afirmar:

«Me ocurrió algo terrible»

y concluir:

«Jehová me abandonó».

La primera afirmación puede describir perfectamente la realidad.

La segunda es una interpretación de esa realidad.

Quizá una de las funciones de una fe madura sea precisamente impedir que añadamos automáticamente esa segunda herida a la primera.

Lo cual nos lleva inevitablemente al miedo.

El miedo posee una dimensión extraordinariamente antigua en nosotros. Nuestro organismo detecta amenazas y pone en marcha respuestas antes incluso de que hayamos terminado de comprender lo que sucede. El corazón se acelera, cambia nuestra respiración, se estrecha nuestra atención y aparece una necesidad urgente de actuar.

Ese sistema no es nuestro enemigo.

Nos mantiene vivos.

Pero una cosa es recibir una alarma y otra muy distinta permitir que la alarma se transforme en quien dirige nuestras decisiones.

La alarma puede informarme sin gobernarme.

Quizá por eso el Salmo 56 resulta tan interesante. El salmista no afirma que jamás sentirá miedo. Reconoce que aparece el temor y, entonces, decide depositar su confianza en Dios (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Salmo 56:3-4).

La secuencia es fundamental.

Primero aparece una reacción.

Después aparece una elección.

Y ahí comienzo a entender la fe de otra manera.

La fe madura quizá no consista en volvernos incapaces de sentir miedo, sino en aprender a impedir que ese miedo se convierta en soberano.

Puedo recibir una mala noticia.

Puedo experimentar angustia.

Puedo sentir durante algunos segundos que el mundo se mueve debajo de mis pies.

Pero después existe otra instancia.

Puedo respirar.

Puedo pensar.

Puedo recordar.

Puedo orar.

Puedo preguntarme qué está ocurriendo realmente y qué debo hacer ahora.

Y esto nos lleva a algo que me parece extraordinariamente esperanzador: la Biblia no solamente contiene antecedentes de desgracias. También contiene antecedentes de preparación.

Noé recibe una advertencia antes del diluvio y construye antes de que aparezca el agua (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Génesis 6:13-22).

José sabe que llegará una hambruna y utiliza los años de abundancia para prepararse para los años difíciles (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Génesis 41:33-36).

Jesús advierte a sus discípulos que enfrentarán oposición. No les promete que nunca tendrán tribulación; los prepara para reconocerla cuando llegue (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Juan 16:33).

Y Pablo recibe una noticia particularmente interesante durante una tormenta.

El barco se perderá.

Eso no cambia.

La tormenta no desaparecerá milagrosamente.

La embarcación terminará destruida.

Pero Pablo recibe la seguridad de que las vidas serán preservadas (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Hechos 27:22-25).

Qué extraña manera de tranquilizar a alguien.

No le dicen:

«No te preocupes, la tormenta terminará inmediatamente».

Le dicen, en esencia:

«Sí, habrá un naufragio. Pero esto no termina en el naufragio».

Y quizás ahí se encuentre una de las imágenes más poderosas que he encontrado para pensar la fe.

A veces el barco sí se hunde.

La fe no consiste en mirar el barco roto y decir que no está roto.

No consiste en negar la pérdida.

No consiste en convertir el dolor en algo agradable.

La fe puede aceptar perfectamente:

«Perdí algo».

«Esto me duele».

«No quería que esto ocurriera».

«Tengo miedo».

Pero la esperanza añade una frase:

«Yo no soy el barco».

Podemos perder dinero sin perder nuestra identidad.

Podemos perder un proyecto sin perder nuestro futuro.

Podemos atravesar una enfermedad sin que nuestra existencia quede reducida a esa enfermedad.

Podemos recibir una noticia terrible sin que esa noticia se transforme automáticamente en la definición completa de nuestra vida.

Incluso la muerte, dentro de la esperanza bíblica, deja de ser necesariamente el punto final.

Y esto cambia completamente la manera de pensar la preparación.

Si Jehová permite que sepamos que habrá tormentas, ¿por qué interpretar la preparación para esas tormentas como falta de fe?

Quizá sea precisamente lo contrario.

Prepararse puede ser una expresión de fe.

Un simulacro de incendio no provoca un incendio. Existe para evitar que, si alguna vez aparece el humo, tengamos que inventar qué hacer mientras estamos aterrados.

Reflexionar sobre nuestras pérdidas posibles tampoco significa desearlas.

Significa reconocer nuestra condición humana.

Somos vulnerables.

Las personas que amamos son vulnerables.

Hay cosas que no podremos controlar.

Habrá despedidas.

Habrá malas noticias.

Habrá días que no elegimos.

Pero puedo pensar hoy quién quiero ser cuando llegue uno de esos días.

Y entonces la preparación deja de ser pesimismo.

Se convierte en sabiduría.

Proverbios elogia precisamente al prudente que ve venir el peligro y toma precauciones (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Proverbios 22:3).

Por eso quizá una de las formas en que Jehová puede ayudarnos no consista únicamente en apartar los problemas de nuestro camino.

Quizá también pueda ayudarnos a convertirnos en personas capaces de atravesarlos.

Eso modifica incluso nuestra manera de orar.

En lugar de pedir únicamente:

«Jehová, que esto nunca ocurra»,

quizá alguna vez podamos añadir:

«Y si alguna vez ocurre algo que no puedo evitar, ayúdame a recordar quién soy, qué creo y cómo quiero reaccionar».

Porque no necesito conocer el resultado para decidir cómo voy a enfrentar el resultado.

Y aquí aparece finalmente la esperanza.

Pablo explica que aquello que ya vemos deja de ser objeto de esperanza. Esperamos precisamente aquello que todavía no podemos ver (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Romanos 8:24-25).

La esperanza, entonces, no exige que el presente sea agradable.

Puede existir precisamente porque el presente no lo es.

No dice:

«Todo está bien».

Dice:

«Esto no será para siempre».

Y la Biblia conduce finalmente hacia esa promesa: un tiempo en el cual muerte, dolor y sufrimiento dejarán de formar parte de la experiencia humana (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Apocalipsis 21:3-4).

Quizá por eso la verdadera oposición no sea simplemente entre miedo y valentía.

Tal vez sea entre desesperación y esperanza.

Puedo sentir una alarma y aun así confiar.

Puedo llorar y aun así tener esperanza.

Puedo no saber qué ocurrirá mañana y aun así decidir hoy quién gobernará mis pensamientos cuando mañana llegue.

Por eso comienzo a comprender la fe madura no como una garantía de inmunidad, sino como una forma consciente de vivir en un mundo donde sabemos que el mal existe sin concederle por ello la última palabra.

No necesito creer que ningún barco se hundirá.

Necesito aprender que mi existencia no termina necesariamente con aquello que pierdo.

La advertencia no elimina el acontecimiento. Permite atravesarlo mejor.

La alarma me informa; no me gobierna.

Que algo terrible me ocurra no significa que Jehová haya dejado de estar conmigo.

Y quizás esa sea finalmente una de las formas más profundas de esperanza.

Saber que alguna tormenta llegará y, aun así, no vivir esperando la tormenta.

Prepararme sin obsesionarme.

Aceptar mi vulnerabilidad sin convertirme en esclavo de ella.

Confiar sin exigir garantías.

Porque la esperanza bíblica no consiste en convencernos de que nada malo sucederá. Jehová nunca hizo semejante promesa. La Biblia está demasiado llena de hombres y mujeres buenos atravesando acontecimientos terribles como para sostener algo así.

La promesa es otra.

El mal puede ocurrir, pero no permanecerá para siempre.

La injusticia puede imponerse durante un tiempo.

El justo puede sufrir.

El inocente puede llorar.

Puede haber pérdidas que hoy no comprendamos y preguntas para las que todavía no tengamos respuesta.

Pero ninguna de esas cosas constituye, desde la perspectiva bíblica, el estado definitivo de la realidad.

Jehová promete un tiempo en el que la muerte desaparecerá, las lágrimas serán eliminadas y el dolor dejará de formar parte de la experiencia humana (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Apocalipsis 21:3-4). También promete que la injusticia no permanecerá indefinidamente y que quienes buscan la paz podrán disfrutar finalmente de ella (La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo, 2019, Salmo 37:10-11, 28-29).

Por eso quizá la esperanza no consista en mirar el presente y repetir que todo está bien.

A veces no lo está.

Quizá esperanza sea poder mirar aquello que está mal sin apartar la vista y recordar:

«Esto no es para siempre».

Entonces comprendo de otra manera qué significa confiar en Jehová.

No significa creer que nunca perderé algo.

No significa creer que jamás tendré miedo.

Ni siquiera significa creer que todos mis barcos llegarán intactos a puerto.

Significa creer que el naufragio no posee autoridad para escribir el final de la historia.

Porque puede hundirse el barco.

Puede llegar la tormenta.

Puede existir la injusticia.

Y durante un tiempo, incluso puede parecer que el mal ha ganado.

Pero la fe me permite recordar algo que el miedo, por naturaleza, no puede ver: el presente no es toda la historia.

Quizá por eso la fe y la esperanza están tan profundamente unidas.

La fe dice:

«Confío en Jehová aunque todavía no pueda ver el desenlace».

Y la esperanza responde:

«Entonces puedo atravesar este momento sabiendo que este momento no es el final».

Ese, finalmente, puede ser el sentido de prepararnos.

No entrenarnos para no sentir.

No convertirnos en personas indiferentes al dolor.

Sino aprender a mantenernos conscientes cuando llegue la tormenta; recordar aquello en lo que creemos cuando aparezca el miedo y no permitir que una circunstancia temporal se disfrace de sentencia definitiva.

La alarma puede informarme; no tiene por qué gobernarme.

La tormenta puede sacudirme; no tiene por qué definirme.

El barco puede hundirse; mi esperanza no tiene por qué hundirse con él.

Porque Jehová nunca prometió que la injusticia no tendría voz.

Prometió que no tendría la última palabra.

Y quizá eso sea la fe madura: no creer que jamás veremos el mal, sino haber decidido, antes incluso de enfrentarlo, a quién creeremos cuando el mal intente convencernos de que la historia terminó.

Referencia

La Biblia. Traducción del Nuevo Mundo. (2019). Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania.

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